lunes, 15 de junio de 2015

CÁTAROS

… Por José Enrique García Pascua.

Cuando el mes pasado me paseé por las tierras del Languedoc, entré en contacto con los lugares en que, durante los siglos XII y XIII, se había desarrollado la herejía albigense, y esta circunstancia hizo que renaciese mi interés por los cátaros –“puros”, del griego καθαροί–, que es como se llamaban a sí mismos los seguidores de esta herejía; quizás mi interés fue causado por la actualidad que podemos descubrir tanto en su doctrina como en el destino que tuvieron.


Antecedentes.
No fueron los albigenses los primeros en adoptar la denominación de “cátaros”, sino que ésta fue antes adoptada por otros movimientos de renovación moral, entre tantos que han surgido en el seno de la cristiandad a lo largo de los tiempos y que la mayor parte de las veces han sido proscritos por la autoridad eclesiástica.  Los primeros puros fueron los discípulos de Novaciano, aunque otras tendencias rigoristas habían surgido con anterioridad, como es el caso de los montanistas del siglo II. Novaciano era un sacerdote activo en Roma alrededor del año 250 que se enfrentó a Cornelio, obispo de Roma, acusándole de relajamiento por haber vuelto a admitir en el seno de la Iglesia a los que habían abjurado de su fe durante la persecución anticristiana del emperador Decio. Excomulgado por Cornelio, Novaciano fundó un grupo que se denominó “iglesia de los puros, o cátaros”, quienes, además de exigir un segundo bautismo para que la apostasía fuera perdonada, fomentaron la práctica del ayuno y reivindicaron –siguiendo el ejemplo de la moral de los filósofos estoicos grecolatinos– costumbres más ascéticas, lo que implicaba la abstención de consumir vino y la necesidad de observar una castidad extrema. Las ideas de los novacianos tuvieron su continuidad en el siglo siguiente con una nueva secta de puros, los donatistas, cuando ya, a partir del Edicto de Milán, de 313, Constantino y sus sucesores habían comenzado a mostrarse tolerantes con el cristianismo, e incluso favorecían el predominio de la doctrina de la Iglesia oficial frente a otras interpretaciones de la herencia de Cristo.
Las reacciones rigoristas contra la corrupción de la jerarquía católica continuaron a lo largo de la Edad Media, y alcanzaron gran éxito entre los laicos humildes, que tenían que soportar las exacciones a que eran sometidos por parte de los que detentaban el poder, tanto civil como religioso. En Bulgaria nació con  fuerza el movimiento bogomilo, del que se tienen noticias ciertas a partir de la primera mitad del  siglo X y que durante el siglo siguiente se expandió por el imperio bizantino, en donde fue combatido por la Iglesia de Constantinopla. Posteriormente, los bogomilos se extendieron por Europa occidental, y encontramos comunidades bogomilas, ya en el siglo XIII, en Lombardía y en el sur de Francia, en donde se mezclaron con los cátaros. Por las analogías entre las creencias de los bogomilos y las doctrinas cátaras, se piensa que aquéllos representaron un importante papel en el nacimiento de la herejía albigense. En efecto, los heterodoxos búlgaros creían  también en la existencia de dos principios, uno bueno y otro malo, y rechazaban el matrimonio y la procreación, por ser parte del mundo material, obra del principio malo, Lucifer.
Aun podemos mencionar, dentro de los movimientos rigoristas medievales, a uno que tuvo su origen en Lyon en el siglo XII,  los valdenses, grupo reformador de laicos que buscaban llevar una vida de pobreza y sencillez, acorde con el mensaje evangélico, y que, al no lograr que les reconociese el papado como organización legítima dentro de la Iglesia (pues se trataba de laicos que se dedicaban a la predicación, usurpando funciones del sacerdocio), terminaron acercándose a los albigenses.


Historia de los cátaros. La cruzada.
   Nace la herejía albigense en el contexto de la predicación anticlerical del monje Henri, quien hacia 1145 denunciaba, en tierras del Languedoc, la vida de lujo de la mayoría de los miembros del clero, aunque también se pueden encontrar iglesias cátaras en el norte de Italia y, ya en 1163, en la zona de Colonia, Alemania.
En el sur de Francia, el movimiento fue favorecido por las rivalidades feudales, singularmente la lucha que la casa de los vizcondes de Trencavel, señores de Albi, de Carcassonne y de Béziers, lleva a cabo contra el condado de Toulouse, del que eran vasallos, para emanciparse de su soberanía. En la región de Albi, los heréticos aparecen ya sólidamente organizados a finales del siglo XII, como una Iglesia paralela a la romana, bajo la protección de los Trencavel. Este hecho explica la denominación de “albigense” que se da a la herejía. El conde de Toulouse, Raymond VI, está, empero, poco dispuesto a oponerse a la propagación del catarismo.
El papa Inocencio III, preocupado por salvaguardar la unidad de la fe en el mundo católico, envía al Mediodía francés varios legados, con el encargo de imponer el orden en el episcopado local y demandar a los señores de esas tierras y al rey de Francia (teórico soberano de aquéllos) su ayuda para acabar con la herejía. Pierre de Castelnau, legado papal, se entrevista en 1208 con Raymond VI, quien da muestras de su poca voluntad de colaboración e incluso amenaza a los enviados del papa; cuando éstos abandonan el lugar de reunión y se aprestan a cruzar el Ródano, un escudero del séquito del conde de Toulouse alcanza a Pierre de Castelnau y le mata de un lanzazo en la espalda. Ante tamaña ofensa, Inocencio III declara anatema a Raymond VI y proclama la cruzada contra los albigenses, la primera que tendrá lugar en territorio católico.

En julio de 1209,  se reúnen los cruzados, entre los que no figura el rey de Francia al principio, pero sí Raymond VI, que quiere recibir el perdón de la Iglesia. La primera acción del ejército cruzado es el asalto de Béziers, plaza del vizconde Raymond-Roger Trencavel. Tomada la plaza, los cruzados se dedican a exterminar a la población, sin perdonar ni mujeres ni niños. Se atribuye al legado papal, Arnaud Amaury, la frase apócrifa: “Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos”.
Después, en agosto, los cruzados atacan Carcassonne, en donde reside la corte del vizconde de Trencavel. Las formidables murallas de esta ciudad resisten el asalto, pero la falta de agua la obliga a capitular al cabo de tan solo quince días de asedio. Raymond-Roger es hecho prisionero y muere tres meses más tarde en la mazmorra en que le habían encerrado, envenenado, según los rumores. 
Continúa la guerra durante varios años en que los cruzados queman a centenares de herejes y se suceden masacres de vencidos por parte de ambos bandos. Simon de Montfort, el audaz jefe del ejército cruzado, se enfrenta a los señores feudales que albergaban comunidades cátaras en sus posesiones y termina atacando los territorios del conde de Toulouse, lo que preocupa a Pedro II de Aragón, que contempla cómo el de Monfort se propone, en territorios aledaños a sus dominios, objetivos muy alejados de los iniciales de la cruzada . Pedro II decide intervenir a favor del conde de Toulouse y se enfrenta a las tropas de Simon de Monfort en la batalla de Muret, en el año 1212, en donde el rey de Aragón muere y su ejército huye en desbandada.
 Como consecuencia de esta derrota, el conde de Toulouse tiene que huir, pero en 1216 Raymond VI y su hijo, el futuro Raymond VII (que sería el último conde de Toulouse independiente de la corona) regresan y toman el mando de la lucha contra los cruzados, consternados por las disposiciones del IV Concilio de Letrán, de 1215, que, además de condenar a los albigenses y a los valdenses, despoja de sus posesiones al conde de Toulouse, en beneficio de Simon de Monfort. En 1218 muere Simon de Monfort y la iniciativa militar queda en manos del condado de Toulouse y sus aliados, los condes de Foix y de Comminges.
A instancias del nuevo papa, Honorio III, el rey de Francia, Luis VIII, decide incorporarse a la cruzada en 1226; sin embargo, una enfermedad le lleva a la muerte el tres de noviembre de ese año y le sucede Luis IX, menor de edad, bajo la regencia de su madre, Blanca de Castilla. A pesar de este contratiempo, los capitanes de la armada real presionan a las fuerzas de Raymond VII (que ha sucedido a su padre en 1222) el cual se somete al rey y firma en 1229 unos acuerdos conocidos como Tratado de Meaux-París que marcan el fin de la cruzada, pero no el final de la resistencia cátara.   
En 1271, en virtud de los citados acuerdos, el condado de Toulouse se incorpora definitivamente a la corona y, así, la dinastía de los Capetos logra el dominio de la mayor parte del Languedoc. Por esta razón, hoy en día el occitano únicamente se mantiene como lengua oficial en el Valle de Arán, territorio español.

Una vez terminada la cruzada, el papado continúa su tarea de erradicación de la herejía con dos instrumentos, la predicación de los miembros de las órdenes mendicantes (Sto. Domingo de Guzmán fundó en 1215 la orden de los Predicadores con el objetivo de refutar mediante la palabra la doctrina cátara)  y la labor investigadora de la Inquisición papal, instaurada en 1233 precisamente para combatir a los albigenses. No obstante, permanecen focos de resistencia durante años, el más famoso es el que se refugió en el castillo de Montségur, que sufrió el asedio de las tropas reales en 1244. Rendida la plaza, a sus pies fueron quemados doscientos contumaces que habían rechazado la conversión. El último perfecto fue condenado a la hoguera en 1321.


Doctrina de los cátaros.
Dos son los puntos en que se centra la doctrina de los cátaros, la afirmación de la coexistencia de dos principios del mundo, uno que encarna al Bien y otro que encarna al Mal, y la práctica de una moral rigurosa.

El dualismo teológico se da en muchas de las herejías que han jalonado la historia del cristianismo primitivo, empezando por el gnosticismo, y, más en concreto, el predicado por Marción (h. 85-h. 165), nacido en la ciudad de Sínope, y continuando por el maniqueísmo, predicado por Mani, nacido en Mesopotamia en 216 y muerto en 277. La doctrina de Mani está íntimamente relacionada con la religión de Zoroastro y de ella toma la idea de que en los orígenes de todo existían dos Principios, la Luz –el Bien– y las Tinieblas –el Mal–, en constante lucha, y esta lucha está a la base de la creación del universo, que, por ello mismo, tiene una parte luminosa y otra oscura. Del mismo modo, Adán y Eva fueron creados con una parte divina, el espíritu luminoso, y otra perversa, el cuerpo, emanado de la materia.
Los cátaros, para explicar la paradoja de que, siendo el Dios de la Biblia esencialmente bueno, también es el creador de este mundo en que predomina el mal, acuden al ya mentado dualismo teológico, según el cual el buen principio es aquel al que llamamos Dios, al que se opone un mal principio que, para los cátaros, se identifica con la mera Nada, que, aunque es nada, existe, porque también ella fue creada de alguna manera, idea que los cátaros parece que toman de una peculiar lectura del versículo 3 del capítulo 1 del Evangelio de Juan: «Omnia per ipsum facta sunt: et sine ipso factum est nihil, quod factum est» («Todo es hecho por Él mismo: y sin Él mismo es hecha la nada, la que es hecha» o, como se traduce ortodoxamente, «Todas las cosas son hechas por Él mismo: y sin Él mismo nada es hecho, en cuanto a lo que es hecho» ). Mientras las primeras manifestaciones del Bien son el Hijo y el Espíritu Santo, la manifestación del Mal es Satanás, el cual fue quien formó el mundo material, no a partir de la nada, sino a partir de los cuatro elementos (fuego, aire, agua, tierra) preexistentes. En lo que respecta a los seres humanos, su origen está en los ángeles caídos del cielo a la tierra a consecuencia del engaño a que les sometió Satanás. Las almas angélicas se encarnan en cuerpos materiales por obra de Satanás, que quiere que olviden su origen divino. La redención del hombre, no obstante, tendrá lugar por el regreso de las almas caídas al cielo, en donde se unirán a sus antiguos cuerpos gloriosos. Para los cátaros, no existe el infierno eterno, ya que no hay mayor castigo que permanecer prisionero de la materia del universo satánico.

Ya hemos hablado en el primer epígrafe de los antecedentes que cabe encontrar para la moral rigurosa de los cátaros, quienes creen que Dios, el Principio del Bien, envió a la tierra a Cristo, para que enseñara a los hombres a ser puros (cátaros) y, así, librarles del poder de Satán. También es Cristo quien instituye el máximo sacramento del catarismo, el llamado consolamentum, que consiste en una ceremonia celebrada al final de un largo periodo de preparación en que el creyente confesaba públicamente sus pecados, de los que era perdonado, y prometía fidelidad a la doctrina cátara. De este modo, el simple creyente se convertía en perfecto, el cual, obligado a llevar una vida completamente ascética, se abstenía de comer carne, ayunaba con frecuencia y renunciaba a la sexualidad. Este camino de perfección estaba igualmente al alcance tanto de hombres como de mujeres: las perfectas también estaban autorizadas a predicar a los creyentes.
Las comunidades cátaras se organizaban como iglesias autónomas y al frente de cada una de ellas había un obispo, aunque por encima de él se imponía el criterio asambleario del concilio de perfectos.


Actualidad del catarismo.
El esfuerzo bélico a que se entregaron el papa y el rey de Francia con el objeto de acabar con unos ascetas que aparentemente no ofrecían mayor peligro que su deseo de vivir conforme a sus propias convicciones religiosas y morales resulta, de entrada, desproporcionado, lo mismo que los sangrientos castigos a que se sometió a los herejes durante las décadas en que fueron perseguidos.
Desde un punto de vista estrictamente económico, el dudoso beneficio logrado no compensaría de ningún modo el gasto que se necesitó para ello. Pero resulta que el auténtico beneficio que se buscaba era otro, como la historia termina por demostrar, el acrecentamiento del poder de los poderosos. Los albigenses habían ampliado su influencia y se habían constituido en iglesias autónomas que no compartían su fe con los católicos ni se sometían a la jerarquía eclesiástica lo que suponía un gran peligro para la preponderancia del papa y, de rechazo, de los señores seglares, que basaban su poder en la legitimación recibida de la bendición papal, así como en el orden social que proporcionaba el credo común. Con la aniquilación de la herejía, el papa evitó que se salieran de la obediencia católica tantos cristianos que, en caso contrario, habrían dejado de contribuir con su diezmos y primicias al esplendor de Roma, y el rey de Francia, que colateralmente incorporó a sus dominios tantos nuevos tributarios, obtuvo el beneficio político  de dar un paso decisivo hacia el absolutismo que, acabando con el poder feudal, concentra toda la autoridad en la corona, lo cual convertirá con el  tiempo a Francia en una potencia hegemónica que impondrá su voluntad a otros Estados y que levantará un imperio colonial: poder y riqueza, ¿qué otra cosa es más deseable?, ¿la defensa de la religión verdadera? En el siglo XIII, la religión –la ideología– estaba al servicio del poder, es decir, de los que dominan la estructura económica, como en cualquier otra época, como en la actualidad. Y el beneficio de unos pocos se consiguió a costa de muerte y desolación, a costa del sacrificio no sólo de los perdedores, sino de aquellos que tomaron la cruz y perdieron la vida convencidos de que sus jefes les habían enviado al combate sólo por la noble causa de defender la verdadera religión.

Los cátaros eran contestatarios, insatisfechos con el orden prevalente, que les oprimía, y se dedicaron a levantar nuevas formas de organización social, participativas, más justas para ellos, que facilitasen a las personas llevar una existencia auténtica por encima de la obsesión de acumular bienes materiales. Este empeño fue su perdición.
Actualmente, los poderosos de Occidente toleran, con una sonrisa de superioridad, a quienes se muestran críticos con el sistema establecido, mientras se limiten a eso, a criticar; en todo caso, les combaten incruentamente con los omnipresentes medios de comunicación de masas, que mayoritariamente están a su servicio y que se emplean para sumir en la alienación al conjunto de la población, y esta alienación es tan efectiva que no se necesitan medidas coercitivas  especialmente duras, como las piras de la Inquisición, para mantener el orden. En realidad, también Inocencio III intentó la persuasión –que posteriormente encomendó a las órdenes mendicantes– antes de recurrir a la violencia.
Ocurre, sin embargo, que la “religión” imperante entre nosotros, ésa que nos habla de democracia y derechos humanos, tiene un punto débil, que exige la convocatoria periódica de elecciones, y, de repente, en ciertos lugares de este mundo occidental los críticos han decidido presentarse como candidatos con sus propuestas de cambio radical de esas reglas que permiten la supremacía de los corruptos y la puesta en práctica de una economía que, en nombre del liberalismo, hace que incluso en nuestras sociedades opulentas las diferencias entre ricos y pobres no hagan sino agrandarse con el paso del tiempo. Y resulta que los electores, deseosos de la mejora moral, votan a los críticos, y ellos ganan las elecciones.
Los poderosos de Occidente se asustan, pues ellos prefieren la acumulación de bienes materiales a la perfección, y se aprestan a asustar a los ciudadanos, y consiguen que bajen los índices bursátiles. Los críticos, no obstante, han conseguido ser escuchados y esto les proporciona cuotas de poder, logradas pacíficamente, lo cual no es óbice para que, tal como nos enseña la historia, si el control de la sociedad por parte de los que ya tenían el poder corriese peligro, éstos no duden en recurrir a medidas más drásticas y, a semejanza de Inocencio III, proclamen la necesidad de una cruzada contra los desviados, un golpe de Estado, por ejemplo, cosa que ya sucedió en nuestro país en épocas recientes, que acaso no sea llamado Cruzada, como el anterior, sino que sería justificado como defensa de los derechos humanos, que es lo que ahora está de moda, y seguramente durante la subsiguiente represión no se acudirá a tácticas tan incómodas como el degüello de toda una población, ya que ahora disponemos de complejas armas que permiten eliminar de manera limpia a ancianos, mujeres y niños con sólo apretar un botón. En esto sí que hemos progresado.

Torrecaballeros, 7 de junio de 2015.

domingo, 24 de mayo de 2015

BELLEZA AERONÁUTICA

... Por Kurt Schleicher

  Aprovechando que hemos estado en el Museo del Aire y que tenemos todavía calientes las imágenes de los avioncitos que hemos visto, no he podido refrenarme en preparar para la Galería del Blog unas cuantas fotos que hice con el objetivo de mostrar los aviones como objetos de arte.
   Viendo estas fotos creo que se entenderá mejor porqué cuando era pequeño me “enamoré” de estas bellezas y no paraba de dibujarlas; en cierta forma, hasta producen un cierto efecto erótico cuando se contemplan desde un cierto ángulo, igual que las modelos que saben posar mostrando y ocultando a la vez sus encantos. Pues los aviones también poseen estos encantos; no son los mismos que en los que estáis pensando (tampoco pretendo que os acostéis con ellos), pero sí que se produzca un cierto flechazo, como me pasó a mí ya en la Prepa del Ramiro. Más tarde ya me fui fijando en otras bellezas, pero el primer amor nunca se olvida…
   He tratado de simbolizar estos pensamientos con las últimas dos fotos, que he titulado “Ensoñación” y “Está para comérsela”… ¿a que sí?


  KS, Mayo 2015


ATRAPADOS


VAYA COLECCIÓN


HE 111 


DESDE LA CABINA DEL HE 111


MAQUETA DEL DÉDALO


DRAGÓN RAPIDE


T 33


DO 24


DORNIER WAL PLUS ULTRA


JU 52 PAVA


JUNQUERS JU 52 PAVA DETALLE


KC 97


CANADAIR CL 25


CATALINA


PL 12 EL MAS FEO


C 101


PHANTOM


PHANTOM


MIG 23


MIG 21


SUKHOI MI 22


MIG 17


LANSEN


VIGGEN


SABRE


STARFIGHTER


F 5


F 5


MIRAGE


ENSOÑACIÓN


ESTÁ PARA COMÉRSELO


lunes, 11 de mayo de 2015

HÉROES

… por Kurt Schleicher
                      

      Hace tan sólo un par de meses se ha erigido en la plaza de Colón de Madrid una estatua a un héroe, a un héroe español olvidado: Blas de Lezo. Esto me ha hecho pensar que sería interesante profundizar un poco en lo que hay detrás de lo que se entiende por héroe en la actualidad y también porque a los héroes siempre se les ha considerado un modelo a seguir y ser dignos de admiración; ¿quedarán héroes de verdad hoy?
   En primer lugar, me temo que el concepto de héroe es en sí ya bastante subjetivo y cada persona lo asociará a un determinado ejemplo, el que le venga a uno primero a la mente por el uso que se ha hecho de él en la literatura, en la historia o por los medios de comunicación. Esto puede oscilar desde el bombero que salva a un niño de las llamas hasta los héroes de las películas o tebeos, como Supermán, Batman, el Capitán Trueno y similares, o personajes legendarios como Héctor de Troya o Hércules, o personajes históricos frecuentemente representados como tales, Robin Hood, por ejemplo.
   Para muchos, héroe se asocia a los que como tales trata la historia, bien sean conquistadores (Hernán Cortés, Pizarro o Genghis Khan) o líderes como Viriato, Espartaco, etc. o militares que han demostrado un valor extraordinario (Daóiz y Velarde, por ejemplo), pero no hay que olvidar que siendo el término muy subjetivo, no es difícil que la propia historia se “olvide” de muchos más personajes merecedores de tal apelativo. ¿A que los ejemplos anteriores los conocemos todos desde niños? Pero, ¿quién ha oído hablar antes de Blas de Lezo?
    ¿Qué es entonces un héroe? ¿A partir de qué se le concede a alguien ése merecimiento?
  Veamos lo que dice la R.A.E. sobre “héroe”:
Hombre (héroe) o mujer (heroína) ilustre y famoso por sus hazañas o virtudes y que lleva a cabo una acción heroica -  Protagonista de una obra de ficción.  (No tengo en cuenta otras definiciones relacionadas con la mitología o la epopeya literaria).
Héroe: Persona que se distingue por haber realizado una hazaña extraordinaria, especialmente si requiere mucho valor. -  Personaje principal en una obra literaria o cinematográfica, especialmente el que produce admiración por sus buenas cualidades.
Otros significados complementarios:

Heroico (RAE): Se aplica a la acción que requiere una gran valentía o es muy difícil de conseguir, por lo que es digna de admiración.

Hazaña (RAE): acción o hecho, y especialmente hecho ilustre, señalado y heroico.
Virtud (Wiki): La virtud es la integridad y excelencia moral, poder y fuerza; castidad o pureza. Es también una cualidad que permite a quien la posee, ayudarlo en las situaciones más difíciles para cambiarlas a su favor. El virtuoso es el que está en camino de ser sabio, porque sabe cómo llegar a sus metas sin pisar las de los otros, porque pone a los demás de su lado y los lleva a alcanzar un objetivo diferente. El virtuoso es el que “sabe remar contra la corriente”. También, una persona virtuosa es aquella que sabe sacar adelante cualquier problema que se avecina. Es una persona que tiene muchas cualidades y las pone en práctica a diario. La persona que quiere ser virtuosa lucha por adquirir ese hábito bueno que hace al hombre capaz de cumplir el bien. Las virtudes se consideran cualidades positivas, y se oponen a los vicios. Las virtudes son las cualidades buenas y sensitivas del ser humano.
    Mejor definición de “héroe”, según la Wikipedia:

Héroe es una persona de honor, un hombre que vive por la justicia y no para sí mismo, que sus objetivos sean los de un hombre de paz y de bien, un hombre que daría su vida por otros, que solo por una buena razón sea duro consigo mismo, que sepa perdonar a los demás y que viva para la justicia en vez de por su propia seguridad.
Otras:
“Héroe es alguien capaz de sacrificar sus propias necesidades en beneficio de los demás, como un pastor que se sacrifica para proteger y servir a su rebaño. En consecuencia, el significado de la palabra héroe está directamente emparentado con la idea del sacrificio personal”.
Debiera tratarse de líderes, bien sean patriarcas de grandes naciones o imperios o protagonistas de nuevos ideales  que han marcado el paso y el cambio mismo de la Historia. Y de ahí, de esta ruptura, se genera la mitificación de sus acciones. La anécdota se convierte en mito.
Los héroes son modelos de conducta, de superación y de sacrificio personal. Modelos, que en épocas de confusión, guerra o conflicto, sirven de guía a la sociedad para superar sus problemas.

    Parece que con todo este bagaje tenemos ya una idea del significado de héroe, pero nos queda la consideración más importante: ¿tomamos todas estas definiciones como conjunto unión o intersección? , es decir, ¿son necesarias todas o cada una es suficiente? ¿O elegimos las que nos parezcan mejor subjetivamente?
   En mi opinión, hay que considerarlas todas, aunque con cierta flexibilidad; entonces, si una persona no cumple claramente con alguna de estas definiciones o consideraciones, ¿es que ya no puede ser un héroe? ¿Dónde está la frontera?
   Sinteticemos entonces los aspectos que son precisos en teoría para poder considerar “héroe” a un cierto personaje:
Que sea ilustre y famoso (¿?) por sus hazañas o/y (¡!!)  virtudes.
Haber realizado una hazaña extraordinaria que requiera mucho valor
Que produzca admiración por sus buenas cualidades
Que haya hecho algo difícil
Que posea virtudes, cualidades positivas, buenas y sensitivas del ser humano, es decir, integridad y excelencia moral, castidad y pureza, capaz de salir de situaciones difíciles y cambiarlas a su favor, sabe cómo conseguir sus metas sin pisar las de otros, que sea capaz de aunar a otros en sus objetivos, remando contra corriente si es necesario… ¡y que las ponga en práctica a diario!
Que viva por la justicia y no por sí mismo o su propia seguridad
Que sus objetivos sean los de un hombre de paz y de bien
Que sea una persona de honor, capaz de dar su vida por otros
Que sepa perdonar a los demás.
Que constituyan  modelos de conducta y sean capaces de poder sacrificarse por los demás
… Y sería conveniente que las consecuencias de sus actos hayan tenido cierta repercusión, sobre todo histórica.
   Me temo que encontrar a alguien que cumpla todo esto será bastante difícil, pero al menos nos servirá de criterio.
   Por poner un ejemplo: Pizarro es ilustre y famoso por sus hazañas y su valor, ha hecho cosas muy difíciles, pero en lo demás no destaca tanto precisamente. ¿Es un héroe? Yo creo que no, sin desmerecer sus méritos, por supuesto. Pero es probable que otros no piensen igual.
  A la vista de este “cuestionario”, cada uno puede ya verificar si en su criterio un cierto personaje puede o no ser considerado como “héroe”.
  Me voy a centrar en dos personajes reales que se acercan mucho al concepto de héroe, pero que injustamente no son muy “famosos”; uno español (con lo que conlleva de subjetividad patriótica) y otro que trasciende realmente las nacionalidades. Me refiero al mencionado Blas de Lezo y al Rey Leproso de las Cruzadas, Balduino IV.
  Al releer la biografía de Blas de Lezo y viendo que se le denomina el “héroe olvidado”, me viene al pensamiento que para que a un personaje se le atribuya el calificativo de héroe, suele suceder que se requiera que sea también bien parecido, según nos lo pintan en películas y tebeos, cosa que Blas de Lezo, tuerto, cojo y manco, no era precisamente. Lo mismo se podría decir de mi otro héroe, el rey Leproso, que por razones obvias no podría ser físicamente muy agraciado, teniendo que llevar máscara para ocultar su rostro sin nariz. ¿Será por eso por lo que se les suele olvidar? Sería un poco ridículo, pero en la vida pasan estas cosas… Lo que sí es cierto es que para ser de verdad un héroe, parece ser que debe uno estar hecho de una “pasta” especial, de gran fuerza de carácter y de una inteligencia por encima de lo común.

BLAS DE LEZO


   De la biografía de Blas de Lezo se desprende mucho de lo anterior. Parece que su memoria ha sido por fin reconocida, afortunadamente, pero ya veremos si formará parte de los libros de historia infantiles o si algún cineasta español le dedica una película al menos.
    Blas de Lezo era guipuzcoano, nacido en Pasajes, donde nació en Febrero de 1687, aunque ha sido tan olvidado que ni siquiera esto, lugar y fecha de nacimiento, es algo seguro. Empezó su carrera militar en la Marina española en 1704, muy joven, por lo tanto; estudió en Francia (aliada entonces de España) y se enroló a los 17 años en la marina francesa. Se fogueó en la Guerra de Sucesión a la corona de España entre Austrias y Borbones (a favor de éstos junto con los franceses) tras la muerte sin descendencia de Carlos II, ocasión en la que durante la batalla de Vélez-Málaga entre la armada franco-española y la anglo-holandesa perdió la pierna izquierda a consecuencia de un cañonazo. Hubo que amputarle en vivo lo que quedaba de pierna y cuentan que apretó los dientes y ni se quejó, buena muestra de su capacidad de sufrimiento y valor. Cojo y todo, el almirante francés le ascendió a alférez por su intrepidez y arrojo.
  El ojo lo perdió dos años más tarde durante la misma guerra (una esquirla de granada se lo reventó) y aún así no se retiró. Más tarde, en 1714, con ocasión de un asedio a Barcelona (los catalanes estaban entonces en el bando contrario, a favor de los Austrias) y ya en los coletazos finales de la guerra, un balazo de mosquete le dejó manco del brazo derecho, por lo que tuvo que servirse de la zurda.
   Su carrera militar fue rápida (tras la guerra luchó contra los corsarios ingleses) y en reconocimiento a sus virtudes militares entró en la leyenda con motes como “El Almirante Patapalo” o “El Mediohombre”. En 1734 fue nombrado teniente general y después enviado a Cartagena de Indias como comandante general. Allí realizó su mayor gesta, que debería formar parte del libro Guiness de récords, pues en 1741 resistió el ataque de la mayor flota inglesa de la historia (exceptuando quizás el mucho más reciente desembarco de Normandía en 1945) al mando del almirante Vernon con efectivos mucho menores que los de éste.
   Resumen de los mismos:
Almirante Vernon: 195 barcos, 3000 cañones y 25000 soldados ingleses, apoyados por 4000 americanos.
Almirante Blas de Lezo: 6 barcos con su tripulación, 3000 soldados defensores de Cartagena y 600 indios amigos con arcos y flechas.
Proporción aproximada de soldados: 10 ingleses contra 1 español.
Estrategia de Blas de Lezo:
   A Cartagena sólo se podía acceder por dos estrechos accesos (Bocachica y Bocagrande), donde había dos fuertes y 4 fuertes y un castillo respectivamente. Colocó a sus 3+3 barcos en la zona de mayor estrechez en ambos accesos con la orden de aguantar todo lo posible y hundirlos allí mismo para entorpecer la entrada de los navíos ingleses, cosa que finalmente hubo que hacer, con éxito en Bocachica pero no así en Bocagrande. Aquí, los ingleses remontaron 2 de los 3 barcos a tiempo antes de que se hundieran, pudiendo entrar y conquistando no sin dificultad los sucesivos fuertes, quedando al final tan sólo en pie el castillo de S. Felipe como resistencia española.
   En ése momento, los ingleses se imaginaron que la victoria estaba cerca y Vernon la dio por ganada, mandando un mensaje a su rey, que a su vez mandó acuñar monedas con la celebración de la victoria en las que se veía a un Blas de Lezo arrodillado ante Vernon y sin su pata de palo (por el qué dirán)…¡Magnífico ejemplo de que nunca debe venderse la piel del oso antes de matarle!


  Ingenio español: las andanadas de los cañones españoles se hacían con bolas encadenadas (¿invento de Patapalo?, causando grandes daños en los buques británicos. Asimismo, Blas de Lezo ordenó rodear las murallas de los fortines con sacos terreros, amortiguando las innumerables andanadas de los buques ingleses.
  El castillo de S. Felipe sólo estaba defendido por 600 soldados, contra varios millares de ingleses, aunque por mar no parecía fácil atacar la fortaleza. Anticipándose a un más que probable ataque por tierra (zona de selva), Blas de Lezo hizo cavar un foso de 2 metros de profundidad en esa zona, sin que los ingleses pudieran ver esta acción. Éstos calcularon la altura de las murallas a partir de lo que veían desde lejos y fabricaron cientos de escalas para el ataque, ¡evidentemente, 2 metros cortas! Cuando se realizó el ataque, la escabechina inglesa fue monumental y el ataque fracasó. Sumado este hecho a que el tiempo había ido pasando, las enfermedades tropicales hicieron también gran mella en los ingleses, poco acostumbrados a estas condiciones tropicales insalubres -De Lezo ya contaba que el tiempo corría a su favor- y, como tampoco enterraban a sus muertos, la insalubridad empeoraba su situación.
   Tras el ataque fallido de las escalas, los 600 españoles con Blas de Lezo corriendo (¡!) al frente, pusieron a los desmoralizados ingleses en franca huída de vuelta a sus barcos, que ya más parecían hospitales que otra cosa, y además Vernon tuvo que hundir aún bastantes (no le quedaba tripulación para ellos) para que no cayeran en manos españolas.
   El almirante Vernon no informó de la enorme derrota a su vuelta, hasta que el engaño se descubrió, de forma que el rey Jorge II tuvo que recurrir a la prohibición de que se publicase un hecho tan vergonzoso, razón también de que la historia mundial, comandada y controlada por anglosajones, no se hiciera eco de esta derrota tan humillante. Vernon fue expulsado de la Marina en 1746, aunque eso no fue óbice para enterrarlo con honores en Westminster, para despistar.
  Por el contrario, al menos durante casi tres siglos, Blas de Lezo y su gesta fueron injustamente olvidados, habiendo merecido unos honores equivalentes a los que Inglaterra hizo con el almirante Horacio Nelson (por cierto, con daños físicos similares; ¿habrá que ser cojo y manco para ser héroe?). Éste sí que siempre ha sido universalmente conocido, hasta por los españolitos, pues películas tampoco le faltaron y los ingleses bien que lo han promovido como su héroe nacional.
  Blas de Lezo falleció pocos meses después de su gesta en Cartagena de Indias, sin haber recibido ninguna mención honorífica por su acción, triste y olvidado; al menos, allí en Cartagena de Indias, se erigió una estatua en su memoria.


Blas de Lezo ante el castillo de S. Felipe

Ahora y desde 2014 podemos verle en otra en Madrid junto a Colón en la plaza de éste, pero aún así sigue siendo un gran desconocido (cierto es que la marina ya le había dado su nombre a una fragata). Por cierto, los catalanes presentaron una moción para su retirada, por lo del asedio a Barcelona en el que perdió el brazo; es curioso que se les olvida que D. Blas no participó en dicho asedio por gusto, sino que era militar y los catalanes se habían aliado con el bando contrario… ¡bastante lo “pagó” con quedarse encima manco! ¡Qué dirían los ingleses si un escocés propusiera quitar la columna de Nelson en Londres! Será que les servía de buena excusa para demostrar su anti-españolidad… Teniendo en cuenta que era vasco, éstos al menos no se sumaron a dicha moción, aunque tampoco le han erigido por allá ninguna estatua, que yo sepa.
    


Inauguración de la estatua de Blas de Lezo en Noviembre 2014, Madrid

   Al menos, la Armada española se acordó de él con ocasión de la celebración en Inglaterra el año 2005 de la batalla de Trafalgar (¡estos ingleses siempre saben aprovechar bien sus ocasiones de gloria!); dado que fueron invitadas las armadas de distintos países, incluyendo a  España, se decidió enviar al evento junto con nuestro portaaviones precisamente a la fragata “Blas de Lezo”, cosa que debió escocer a más de un inglés (al menos, a los escasos conocedores de los hechos).


Fragata “Blas de Lezo”
  
 ¿Qué tiene de especial esta gesta que no tengan otras similares en la historia? Pues que, al haber frenado los afanes conquistadores de los ingleses en Sudamérica, hoy se habla allí español (en Colombia, en Venezuela, en Bolivia, en Chile…) gracias a nuestro héroe, pues, si no hubiera derrotado a los ingleses, hoy se hablaría allí el inglés, igual que en Estados Unidos, por mucho que las capitales hubieran mantenido su nombre español, como Los Ángeles o San Diego… ¿Se ha reconocido esto en algún momento? Pues no. Una pena y otra gran injusticia. ¿Cómo es posible que se haya olvidado a quién se le debe que se hable español en casi todo un continente?

EL REY LEPROSO
    Pasando a un plano más internacional, repasemos la historia de mi “otro héroe”, el rey Leproso, el de las cruzadas. Creo recordar que apareció su figura en la película “El reino de los cielos”, como el rey enmascarado. Hay algún otro rey leproso, uno muy antiguo en Camboya (se le recuerda en una estatua cerca de uno de los templos de Angkor) y otro portugués, popularizado por Alberto Vázquez Figueroa en una novela del mismo nombre. Yo me refiero a Balduino IV, al de las cruzadas.


El rey Leproso Balduino IV


  El rey leproso de Camboya

 En mi opinión, es un gran desconocido y es de los contados gobernantes en la historia que habría que poner como ejemplo, tanto por su capacidad y condiciones de liderazgo como por encontrarse en su corta vida muy limitado por esta enfermedad, lo que le confiere aún mucho más mérito; sobre todo, es un ejemplo de afán de superación y valentía ante los reveses de la vida, por lo que su memoria debería servir a cualquiera de nosotros si nos encontrásemos –Dios no lo quiera- en circunstancias limitativas comparables, por las razones que fueran.
    Balduino era hijo del rey Amalarico y de Inés de Courtenay ; en 1163, cuando tenía dos años, su padre heredó el trono de su hermano, Balduino III, pero no sin anular su matrimonio, condiciones impuestas por los nobles con poder en el gobierno de Jerusalén, a los que la tal Inés no les caía muy bien y no querían que fuese reina. Esto hizo que el niño Balduino creciera en Jerusalén sin su madre, aunque Amalarico tuvo el atino de nombrar como tutor de su hijo al historiador Guillermo de Tiro, luego arzobispo, uno de los personajes más doctos de la época.


Mapa del reino de Jerusalén, poco antes de nacer Balduino

   Fue precisamente Guillermo de Tiro quien descubrió la enfermedad del niño a la edad de 9 años, cuando éste estaba jugando con otros niños a ver quién era más machote aguantando arañazos y golpes y se descubrió que su mano derecha y el antebrazo los tenía muertos. Se intentó su curación por todos los medios y los mejores doctores, pero en vano. Se trataba de lepra lepromatosa, la peor de las lepras ; empieza con las zonas muertas – en este caso el brazo derecho- sigue con desgaste de los huesos, corroe extremidades (normalmente empezando por la nariz, que se cae), sigue con los nervios de la cara (no se puede parpadear), ulceraciones y finalmente ceguera. Y esto se sabía que iba a pasar tarde o temprano.


   Se descubre la lepra en Balduino
  En 1174, Amalarico muere inesperadamente de unas fiebres (probablemente, tras una infección) tras dejar a su hijo como heredero al trono con trece años.  Hasta que cumpliera los 15, mayoría de edad entonces (probablemente porque la esperanza de vida no pasaba entonces de los 40 años), se nombró regente a Raimundo III de Trípoli.
   Lo normal hubiera sido que éste fuera de hecho el rey; ¿quién querría a un rey de 15 años leproso, con muy pocas esperanzas de vida, prácticamente ya manco? Pues no, y esto era debido a las extraordinarias condiciones del niño, que desde que supo lo que le pasaba, en lugar de llorar y lamentarse, se puso a entrenar con el otro brazo, llegando a superar en destreza a los más mayores en toda clase de lides. Además, era inteligente y sagaz, sabía negociar y alcanzar compromisos con mayor sabiduría que otros doctos personajes en la corte. En fin, que sólo con quince años se ganó por su porte, inteligencia y valentía a todo el mundo y se le nombró rey como Balduino IV en 1176.
   ¿Cuál era el escenario en aquél momento? Pues un reino cristiano de Jerusalén existente desde hacía 77 años, después de la masacre de Godofredo de Bouillon tras el edicto del Papa Urbano II en 1095 y origen de las cruzadas, a base de prometer el perdón de todos los pecados a los que participasen. Genial : se podía pecar todo lo que se quisiera, pues con ir a las cruzadas ya estaba uno salvo para ir al Cielo. El reino estaba rodeado al este por el imperio selyúcida, en el suroeste por el califato Fatimí (egipcios) y sólo por el norte una pequeña franja que era el condado de Trípoli.- O sea, una pequeña península franco-cruzada rodeada por musulmanes por todas partes excepto por el pequeño istmo de Trípoli.- Sin embargo, a pesar de la masacre o debido precisamente a ella, existía bastante tolerancia tanto con judíos como con musulmanes (tampoco es de extrañar, al estar los cristianos en franca inferioridad frente a aquéllos en relación de  100 a 1)
   Volviendo al niño-joven Balduino, ya rey: volvió con él su madre (Inés) al haber muerto el padre y, probablemente aconsejada por ella, se le nombraron consejeros, entre los que destaca Reinaldo de Chatillon, antimusulmán declarado y futuro azote de los mismos, enemigo acérrimo después de Saladino. 
   En Noviembre de 1177, Saladino decidió ponerse en marcha con 30000 guerreros de todas las estirpes en modo apisonadora marchando contra Jerusalén; suponía que no iba a encontrar resistencia, dada su aplastante mayoría y tener enfrente solamente a un niño-rey leproso. Al llegar Saladino en su avance a Ascalón (donde hoy está la franja de Gaza), Balduino, con 500 cruzados, unos pocos miles de infantes y 80 templarios, se preparó para hacerle frente, pero al ver el panorama, sabiamente decidió dejarlo para mejor ocasión y se volvió a Ascalón.- Saladino así aún se confió más; pasó de largo y volvió con su apisonadora hacia Jerusalén.  La ocasión le llegó a Balduino en la colina de Montsigard, donde, con Reinaldo al frente y con nocturnidad y alevosía, lograron desbaratar a los musulmanes;  éstos no supieron reorganizarse, con lo que los francos aislaron diversas facciones musulmanas y las fueron eliminando. Además, las tribus beduinas enfrentadas a Saladino aprovecharon la ocasión y terminaron de rematar a las tropas de éste (quien efectivamente se libró por poco de que lo mataran unos cuantos cruzados) y lo dejaron con unos efectivos de sólo el 10% de los que tenía al principio. Triunfo arrollador y buenos créditos, pues, para Balduino y Reinaldo. Y un año de paz, tiempo que Saladino necesitaba para reorganizarse. 
   Balduino empeoraba de su enfermedad, por lo que decidió que había que preparar su sucesión casando a su hermana Sibila con Guido de Lusignan y preparar a éste como regente, pero Guido no estaba bien visto por la corte (luego se demostró que con razón, pues era el reverso de la moneda de Balduino en cuanto a carácter), con lo que Balduino se ciñó los machos y continuó reinando pese a sus limitaciones.-
   En 1179, Saladino ya se vió con fuerzas y atacó la fortaleza de Le Chatellet, obligando a rendirse a la población y contaminó los pozos con los cadáveres de los cristianos.  Sin embargo, no pasó de ahí, pues el hábil Balduino acordó con él una tregua de 2 años, tregua que no se respetó al final por ninguna de las partes, especialmente por parte de Reinaldo, quien no paraba de incordiar a los musulmanes, atacando caravanas, correos y mensajeros del Islam, evitando flujos de información a Saladino. Éstos secuestraron a su vez unos barcos cristianos que venían con avituallamientos a Tierra Santa e hicieron 1600 prisioneros, por lo que los refuerzos no llegaron como estaba previsto.
   En 1182, Saladino lo volvió a intentar. Balduino se enteró y el 15 de Julio le volvió a frenar en Le Forbelet. Hacía un calor insoportable, por lo que muchos morían antes de insolación que de la batalla, pero, aún así, Balduino, al frente personalmente de las tropas, volvió a ganar la partida, pese a su inferioridad numérica . Encima y en estas condiciones, recorriendo más de 300 km., sitiaron la fortaleza musulmana de Al-Jabis Jaldak y la obligaron a rendirse.
  Con este bagaje, el fervor de los cristianos hacia Balduino ya fue total. Todo el mundo rezaba por él, que siguiera en el trono, pero la lepra no perdona y Balduino ya no podía usar ni manos ni pies y estaba empezando a quedarse ciego. Pero su espíritu seguía incólume.
  En 1183, con 22 años, nombró regente al tal Guido, quien demostró cobardía ya en la primera campaña que tuvo. Más tarde, con ocasión de la boda de la hermanastra de Balduino en la fortaleza de Kerak, Saladino se dijo eso de “ésta es la mía” y con un gran ejército y 8 catapultas se presentó también a la boda. Guido estaba entre los invitados y renunció a enfrentarse a los musulmanes. Balduíno se enteró en Jerusalén de este hecho, montó en cólera, depuso a Guido inmediatamente como regente y marchó con sus tropas hacia Kerak (por cierto, ya no podía montar a caballo y lo llevaron en una litera atada a dos caballos), obligando a Saladino a levantar el sitio y entrando en la ciudad de nuevo como rey (desfigurado, sin manos ni pies y casi ciego…)



  Fortaleza de Kerak
  A finales de 1184, Balduino ya se estaba muriendo entre infecciones y fiebres. Aún así, y para que no hubiera dudas, celebró una ceremonia de coronación de su sobrino –también Balduino, de 5 años- como su sucesor, volviendo a nombrar a Raimundo III de Trípoli como regente. En Mayo de 1185 falleció sin haber cumplido los 24 años, cuando parecía que había vivido ya una larga vida. Fue enterrado cerca del monte Calvario.
   A partir de ése momento, las cosas empezaron a ir de mal en peor: el joven sobrinito murió al año siguiente con 6 años.
    Todo esto propició que el mencionado Guido y su mujer Sybila maniobrasen quitando del trono a Raimundo, pero la mayoría de los súbditos no estaban muy de acuerdo, creándose dos facciones, los guidistas y los raimundistas, dividiendo el reino.  La ocasión entonces sí que la pintaban calva para Saladino, quien la aprovechó. En 1187, en la batalla de Hattin, apresó a Guido, pidiendo un multimillonario rescate por él (que a nadie interesó pagar, por cierto). Apresó también a su acérrimo enemigo Reinaldo, al que mandó ajusticiar públicamente todo lo sanguinariamente que pudo. Raimundo de Trípoli murió acto seguido de enfermedad, acusado encima de haber abandonado al “pobre” Guido a su suerte. No quedó, pues, nadie capaz de hacer frente a Saladino, con lo que éste al fin pudo invadir el reino cayendo Jerusalén a finales de ése mismo año 1187.
   En la tercera Cruzada, Ricardo Corazón de León reconquistó algunos de los territorios, Acre en particular, lo que permitió una supervivencia limitada del reino otros 100 años, hasta que Jerusalén ya cayó definitivamente en 1291.
   Resumiendo, Balduino IV, a una edad poco mayor que la adolescencia, con las espantosas limitaciones de la lepra, fue capaz de pararle los pies a Saladino en todas las ocasiones en que se enfrentaron. Sólo después de muerto Balduino, Saladino, que no era un don nadie precisamente, pudo entrar victorioso en Jerusalén; no pudo jamás, pues, con el rey Leproso…
   Que nos sirva a todos de lección de humanidad y capacidad de superación y quede en la memoria para siempre.
   ¿Se puede considerar héroe a Balduino IV? Yo pienso que sí; pese a la película, es otro gran desconocido de la historia. No sé si existe alguna estatua que le recuerde, pero me temo que no.

    ¿Se nos ocurre algún otro ejemplo de héroe en los tiempos que corren? Pese al crecimiento exponencial de seres humanos desde entonces, me temo que la cantidad de héroes no ha florecido de la misma forma; será que sólo se pueden contar con los dedos de las manos del rey Leproso… se me ocurre que quizás Teresa de Calcuta o alguien similar.  Quizás por eso ahora tienen tanto éxito los héroes de las series de ficción (¿Águila Roja?); a falta de otros…
   O quizás sea que simplemente los anhelamos.
   Probablemente también nos gustaría que nuestros líderes fueran un poco héroes, ¿verdad que sí? ¿Os imagináis como héroes a ésos en los que estáis ahora pensando?

KS, Abril 2015