jueves, 9 de noviembre de 2017

LA HISTORIA DEL LIBRO MUTANTE

...POR NICOLÁS PÉREZ-SERRANO JÁUREGUI

Esta es una historia rara. Pero del todo real. O todo lo real que puede ser una historia que no es nuestra propia historia. Aunque en verdad me pasó a mí. Y, como no daba crédito a lo que me sucedía, pues empecé a dudar. Por eso digo a la vez que sí y que no era auténtica. ¡Vaya lío! Bueno, empezaré a contar lo que ocurrió. Así cada cual podrá leer y verá cómo tengo razón, aunque es posible que cada uno lo vea distinto y piense que lo que yo tengo por verdadero nunca sucedió, y viceversa. Esto del viceversa es tan socorrido que desde un comienzo he querido que me ayude. También creo que ayudará desde el inicio saber que casi todo lo voy a contar yo. Pero no todo. ¿Se me entiende, verdad? Espero que sea así.

I. Un libro.


Al volver del trabajo me pongo siempre cómodas zapatillas. Disimulo así mi 
perceptible cojera. Se me nota menos andando sobre blando. Y mi vecina de abajo, qué

guapísima es, no oirá tanto ese arrastre permanente de mi pie izquierdo. El izquierdo tenía que ser.
Tengo un butacón de altas orejeras. Entre sus dos prominentes salientes he puesto una lámpara de pie. Otro pie, vaya. Así puedo leer con comodidad. La luz ilumina las páginas sin sombras, de forma directa, sin intermediarios ni distancia indebida.
Si fuera narrador de mis anteriores vivencias relataría desde cuándo y por qué tengo afición a leer. Resumo diciendo que en casa había muchos libros; de mis padres, de mis hermanos... ¿Cómo no hacer lo que hacían los de mi alrededor? Pues eso.
Muchos deberes del Instituto también me obligaban a leer.
Me he refugiado en la lectura tantas y tantas veces... Me distrae, me permite evadirme, volar sin el impedimento de mi cojera, viajar sin que se cansen mis pies, el tullido y el otro, entremezclarme con otra gente, pensar de manera distinta a la mía, vivir otras vidas, pensar otras cosas ajenas a mi realidad. Como, además, el papel lo soporta todo, esa amplitud convierte el mundo en ilimitado. Y es mi mente la que abarca, de esa manera, la inmensidad de lo infinito. Todo muy bonito, ¿a que sí? Pero... hay un pero. Lo que leo no deja de ser algo añadido, que no borra mi pensamiento, que
no anula mi mente, que no disuelve mi sufrimiento, que no logra disipar mis sentimientos; ni siquiera mis estados de ánimo. Por mucho que asimile cuanto leo no por ello desaparece lo que ya tenía. Cierto es que añado matices, y nuevas visiones a lo previo. Pero ésto sobrevive, está guardado, pertenece a ese disco duro interior del que
no sé -acaso es que no quiero- librarme.
Alterno libros. Unos me duran menos. Habitualmente se trata de novelas, policíacas en su inmensa mayoría. Los de más grueso calado, que invitan a reflexión mayor, me duran más. Y no deja de ser curioso, ni de sorprenderme, que esas lecturas, aunque las simultanee, no se me mezclan en la cabeza. Cabe decir que no tengo un plan premeditado para mis lecturas. Tampoco éstas obedecen a un impulso del momento. Los libros, cual pacientes de hospital público o de médico privado que se precie, guardan lista de espera. Los acumulados aguardan con paciencia a que les llegue mi
turno.

II. La voz del libro.


Acaba de levantarse de la butaca. Como siempre, me ha dejado abierto sobre uno 
de los brazos. Me cuesta mucho la postura. Reagruparme suele ser un ejercicio de relajación. Vuelvo a estar unido. Pero como tiene esa manía... Sé lo que piensa. Que así no se olvida de por qué página va. Menuda tontería. Anda que no hay otras fórmulas.

Me duele el lomo. Con poner un señalalibros, o un trozo de simple papel sería suficiente.
Cuando me abre y me deja sobre el brazo del butacón pienso que si fuera lectora, y no lector, seguro que apreciaría qué incómoda se está todo el rato abierta de piernas, a
la espera de acción que venga del exterior. Tengo que educarlo. Primero le haré ver que un libro no depende de su autor; menos aún de su amo, claro. Una vez escrito, tengo
vida propia. Y, además, que puedo orientar, si no cambiar, mi propia literatura y el mensaje que va dentro de las letras que el autor ha ordenado para componer su historia; esa historia ya me pertenece cuando el autor, como en las películas, ha puesto “fin”. Sé que hay mucho lector incapaz de entender esa verdad. Son lectores que leen. Es cierto. Pero otro grandísimo número de lectores piensan sobre lo que leen. E
inventan historias a partir de lo escrito, tomando como base las sugerencias e ideas que le provocan esas letras concretas, esa historia contenida en el libro. Así, además, yo me siento padre y madre. Engendro y paro. Doy vida a otro libro.
Y este cojito, mi actual amo, no sé si es de los que reparan en todo ello. Le observo, desde mis páginas, con toda atención. Aptitudes no parecen faltarle. Desde luego, nunca se ha dormido sobre mí. Tampoco le recuerdo un bostezo. Bueno, en realidad, medio sí. Ese día le noté especialmente cansado, falto de ideas, y, sobre todo, incapaz de tomar decisiones. Se apreciaba honda preocupación en su actitud; en particular, en el temblor de las manos cuando me tomó para abrirme.
Y decidí actuar. Medio me cerré de sopetón; justo en el momento de su casi acabado bostezo; así él creyó que su temblor, paralelo a abrirse su boca, era el causante
de ese movimiento imprevisto, impensado, reflejo. Pero no; fui yo. En ese instante logré que se fijara en una sola palabra de aquella doble página por las que pasaba sus ojos.
Era una orden “llámala” acompañada, por supuesto, de otras muchas que justificaban el porqué de la decisión que, en mis páginas, toma mi personaje favorito, el doctor, bueno, más bien sicólogo, en un momento trascendental del relato.
Sé que me obedeció, y se le quitó como por ensalmo la confusión, o el aburrimiento que le habían llevado al borde del bostezo completo, acabado.

III. Una llamada.


Por fin me he decidido. Casi por casualidad tengo su móvil. Y la he llamado. No 
por casualidad tampoco se llama Gracia. No podía ser de otra manera, según yo. Yo cuando la veo estoy en ella, o me acerco a ese estado de gracia. Me acuerdo, además, yo que tengo mal los pies, de esa forma de calentar los suelos que llamaban gloria. Nada más verla me entra el calorcito en el cuerpo. Hasta parece que ando más ligero, por lo menos de pies. Me esfuerzo, casi sin pensarlo, en moverme más ágilmente. Otra cosa es la cabeza y los sentimientos, que, en su cercanía, se ralentizan o incluso se ofuscan, me dejan sin saber qué hacer. Sé, para más inri, que todo eso se nota. Cualquiera a mi alrededor puede percibir mi azoramiento, la transformación de mi cara en la de un ser embobado, embrujado, ensimismado, aunque, como he dicho, menos “entullido”. Ello me resta capacidad mental de reacción.

Claro, me he tenido que inventar una historia. Para empezar, acerca de quién soy, qué hago en la vida, por qué y de dónde la conozco y la razón de llamarla. Es curioso, para ello me he servido de la novela que estoy leyendo. En ella hay un doctor
que analiza las mentes de la gente con la que se topa, a todos los efectos, buenos, malos y regulares, quiero decir desde la perspectiva de los intereses particulares del doctor.
El sicólogo se mete en un buen lío. Le buscan en relación con una investigación de la policía. Complejo asunto. Está lleno de recovecos, hasta trucos, hechos en que nada resulta ser lo que parece. Parece el doctor salir indemne de todo, escaparse de toda implicación seria en el asunto. Y el autor reserva papel esencial a una conocida, más bien más, y yo me digo que quién estuviera en tal situación, que aporta un granito de
arena de peso para que el doctor se libre. Ella es Angustias, muy lejos de “mi” Gracia, es cierto. Aun así, al ver esa expresión, “llámala”, no dudé de que el libro me ordenaba
a mí hacer esa llamada a la persona indicada.
- Soy yo.
- ¿Sí, quién llama? ¿Quién es?
No sabía qué responder. Mis zapatillas no paraban. Sobre todo la izquierda empezaba a hacer de las suyas, o sea, a moverse con torpeza, pesadamente, sin mi control, que es incompleto como podrá suponerse, sobre músculo, tendones y reflejos de mi pierna renca. La cosa no ha terminado mal. Me conformo, sé que no es mucho, con que me haya apeado el tratamiento. Me ha ubicado como viejo conocido de la familia. Vagamente ha empezado, dice, a recordar que de muy críos llegamos, dada la cercanía en que vivíamos, a jugar en pandilla y a pergeñar alguna travesura, en la que ella y la
común amiga Virtudes tenían papel principal. Cosas de chiquillos, con algún efecto colateral, más bien directo, de una viejuca a la que hicimos tropezar, con pérdida casi
definitiva de su dentadura postiza, que, por cierto, no tenía buen aspecto al caer en medio de un barro que no presagiaba nada bueno de cara a su reinserción en unas encías retraídas, poco saneadas. Hasta se ha reído, qué cosas, que yo consiga semejante logro. Me he solazado un montón, mientras pensaba, agradecido, en mi libro, en mi amo, que me ordenaba, así lo digo, llamar a Gracia, vencer mi inercia aislacionista.

IV. El libro, de nuevo, hace de las suyas.


Hoy me ha tomado con actitud alborozada. Desde mis escrutadoras páginas, que 
no son sólo ilustrativas, he percibido cariño. Me ha leído con ternura, me ha tratado casi

como a un ser vivo. ¡Si él supiera! Es reconfortante, en todo caso, apreciar el cambio de actitud. Al acabar de leer, le he visto fijarse mucho en el dígito de la última página leída.
No me ha despatarrado. No me ha dejado abierto, forzándome el lomo, sobre el brazo del sillón. Y también diré que se ha fijado en una frase seleccionada por mi ordenador
interno: el doctor era contestado por Angustias, que le decía
“tienes que aceptar cómo te ven los demás sin dejar de ser tú mismo” advertencia que va que ni pintiparada para la vida de mi cojito. Ojalá que se dé cuenta. Sus valías son mayores que sus minusvalías. Y entre éstas no es la mayor el ser un poco
cojitranco. Tiene complejos que, según yo, que trato a tantas gentes, son más bien simplejos, algo común entre quienes, como él, se consideran peores que su propia realidad. Ese es, de verdad, su gran problema. Y hay que abrirle sus ojos, más miopes de lo que él piensa. Sé bien lo que pasa por su mente. Hace divagaciones sin más sentido que ese de las odiosas comparaciones y el de su participación en las cosas o en
la intangibilidad de lo que naturaleza le dió. Pero creo que he logrado hacerle ver que él no tiene la culpa, utilizo sus propios símiles, de “haber nacido hiena, fea y falsamente
sonriente, y no simpático delfín”. Ya se ha comido demasiado su mismísima mierda; sólo le falta digerirla y echar “palante”. Ponerse en contacto con su Gracia es un primer pero decisivo paso.

V. Encuentro con Gracia.


La recordaba más bajita. Ha estilizado bastante: me la encuentro 
esporádicamente en la escalera, pero hasta hoy, y observándola más detenidamente, no he atendido tanto a los detalles. No soy objetivo, he de reconocerlo. Todo en ella me

encandila. Ya no estoy en lo platónico. Demuestra que no siente aversión por mi cojera. Dice que en su familia ha habido también disfunciones corporales. No le da más valor.
Aprecia otras cosas. Me hace sentir cómodo, casi normal a pesar de... bueno, de eso que no quiere valorar negativamente. ¡Ah y lo más chocante! Está leyendo el mismo libro que yo. Y siente también que el libro la dice cosas, la impulsa, se ha convertido en dueño incluso de varias de sus
acciones.

Madrid, comienzos de noviembre de dos mil diecisiete.

Nicolás Pérez-Serrano Jáuregui.

lunes, 23 de octubre de 2017

EMBARCADO CON DON SANTIAGO BERNABEU EN LA “SAETA RUBIA”


...por Vicente Ramos


Corría el verano de 1.969. Por aquel entonces teníamos 22 años y acababa de jugar mi primera temporada con el primer Equipo de Baloncesto del Real Madrid. Yo provenía del Estudiantes, con quien había jugado previamente en todas las categorías inferiores y cuatro ligas nacionales.

Fue un buen año en el que ganamos la Liga 68-69, el Torneo de Navidad y jugamos la final de la Copa de Europa en Barcelona contra el TSKA de Moscú, con el que perdimos por escaso margen tras dos prórrogas adicionales al tiempo reglamentado. Entonces se jugaban dos tiempos de veinte minutos cada uno.

Tras el final de temporada acudí a la llamada del Equipo Nacional, por entonces a las órdenes de Antonio Díaz Miguel, y fuí a jugar los Campeonatos de Europa en Nápoles. Para a continuación disfrutar de tres semanas de vacaciones antes de reincorporarme a la disciplina del club y comenzar los entrenamientos de la siguiente temporada.

Dado que mis padres veraneaban en Santa Pola, allí me fuí a disfrutar del apetecido descanso veraniego. Una tarde, mi padre me dijo - ¿Por qué no vamos a saludar a don Santiago? – a lo que yo accedí de buena gana. Nos acercamos a su chalet de Santa Pola del Este y allí departimos con él y con doña María, su esposa, a quienes había tenido el placer de conocer previamente durante la temporada, pero que no conocían a mi padre.

Tras las presentaciones y un rato algo formal, don Santiago, con su proverbial simpatía y amabilidad, comenzó a preguntarme acerca de cómo pasaba los días allí. Yo le conté que hacía un descanso activo, corriendo una hora por las mañanas en la playa para después ir a bañarme con la familia. Entonces le referí mi afición por la pesca submarina y como capturaba pulpos en Playa Lisa, encontrando los agujeros en que se metían en la arena, rodeando la entrada a los mismos con piedras; lo cual era indicativo de la presencia de sus madrigueras. Quiso saber si también pescaba con caña, a lo que le contesté que tenía experiencia de capturar mújoles, anguilas y algunas pocas lubinas en el puerto de Avilés, lugar donde veraneaban mis padres antes de hacerlo en Santa Pola.
Mi padre nos llevaba a mi hermano José Ramón, a la sazón también jugador del Real Madrid, y a mi por las mañanas al muelle y allí tentábamos a los pescados. Entonces él me preguntó si estaría dispuesto a ir a una jornada de pesca con él embarcándome en la Saeta Rubia. Yo, naturalmente, dije que si muy gustoso y me citó a las cinco de la mañana del día siguiente en la puerta de mi casa. Tras explicarle donde vivía, nos volvimos a casa y pasé esa tarde emocionado y algo preocupado porque aquella iba a ser mi primera experiencia embarcado. Pero me tranquilizaba saber que iba a ir con un experto pescador.

A la madrugada siguiente yo estaba algunos minutos antes de las cinco esperándole y él, muy puntual, me recogió a la hora convenida. Por aquel entonces, don Santiago tenía un Seat 1.400 B de color negro, con el que nos fuimos hasta Torrevieja, población donde tenía su embarcación.

Durante el viaje me preguntó si era siempre asi de puntual. Yo le contesté que si, a lo que me respondió que ese comportamiento me evitaría tener que pagar alguna que otra multa por falta de disciplina en el equipo. También me preguntó si me marearía. Yo no había pensado en ello, pero le contesté que no y afortunadamente así fue.

Cuando llegamos al puerto de Torrevieja nos estaba esperando Faraón, un marinero ya retirado de la pesca profesional en aquellas aguas. Por tanto muy conocedor de los puntos calientes de pesca en la zona. Él mantenía la barca de don Santiago en ausencia suya y sería el responsable de encontrar la zona de piedras a la cual nos dirigíamos.






El experto pescador Pepe Ruso, Faraón, con Bernabeu


La Saeta Rubia era una barca abierta de madera con motor central, típica de pescadores de la zona, que debía medir unos seis metros de eslora y que con su ronroneo típico no debía navegar a más de seis u ocho nudos. Años más tarde, en los 90 ya, la cambiaría por la Marizapalos, un metro y medio mayor de eslora y ya cabinada para mejor soportar las inclemencias del tiempo.


Embarcación Marizapalos

Don Santiago se puso al timón de madera en la popa y comenzamos a navegar en dirección perpendicular a la costa. Al cabo de un rato me preguntó nuevamente acerca del mareo, pero vió, me dijo, que tenía buen color de piel y que pensaba que podía tener buena madera para la pesca. Vaticinio que se cumplió, porque muchos años más tarde he podido cumplir el sueño de ser patrón y pasar largas jornadas de pesca en la zona de Huelva, de donde es mi esposa y donde voy con regularidad ahora que estoy jubilado.

Entre don Santiago y Faraón me explicaron como habríamos de encontrar la posición a la que deseábamos llegar. Por aquellos días no existía el GPS y todas las maniobras de aproximación se realizaban mediante triangulación. Esta técnica consistía en alinear dos elementos de la costa por el costado de babor, al tiempo que se hacían coincidir otras dos marcas por la borda de estribor. Un edificio alto y un depósito de agua por un lado, junto a una torre y otro edificio singular por el otro jugaron el papel imprescindible de marcas para llegar al punto deseado. Aquí jugaba un papel importante Faraón, quien era experto en la zona y quien le enseñaba y transmitía a Don Santiago sus conocimientos para hacer unas buenas capturas.

Navegamos durante algo menos de una hora, por lo que deberíamos estar a unas cinco o seis millas de la costa. Recuerdo que Faraón me comentó que estábamos en una zona de unas doce brazas de profundidad. Al llegar al punto elegido, ancla a fondo y a preparar los útiles de pesca. Faraón, que se desenvolvía en el puerto de Torrevieja como pez en el agua, era el responsable de proporcionar la carnada que Don Santiago le pagaría posteriormente.

En aquella ocasión utilizamos lombriz, tira de chipirón y sardina, el cebo universal. Los aparejos eran de mano, de los llamados chambel, rosario o paternóster, dependiendo de la costa en que se pesque, que consistían en una línea madre que en su extremo inferior y por encima del plomo tenían tres o cuatro anzuelos perpendicularmente unidos a la misma con un hilo de menor sección.

En cuanto me asignaron el  mío, anzuelé adecuadamente los cebos, lo que le agradó a don Santiago, me pegué a una borda y sedal a fondo. Sosteniendo el hilo con el antebrazo apoyado en la borda y con el dedo índice como indicador de las picadas, éstas no se hicieron esperar mucho. A la primera subida traía prendidos dos peces pequeños, como de un palmo de tamaño, de color rojizo y que ellos me enseñaron que se llamaban Serranos. Esta especie no la había pescado nunca anteriormente. Don Santiago observaba si sería capaz de desanzuelarlos adecuadamente y sin pincharme y al ver que no tenía problemas en ello me animó a seguir y a esperar mejores capturas. Pero, claro, el experto era él y yo no se si sería por la forma de anzuelar los cebos, la altura a la que dejaba el plomo por encima del fondo o la simple fortuna, pero el caso es que el único que consiguió sacar algún pagel fue él.

A media mañana sacó una especie de capacho típico de la época y como ya me había 
advertido, él sería el responsable de los bocadillos y las bebidas. Aquella comida me supo a gloria y yo creo que cogí mejor color incluso. Pero don Santiago volvió a preguntarme sobre el mareo. Creo que por no hacer mal papel delante del Presidente me hubiera aguantado cualquier náusea que me hubiera sobrevenido en aquel momento. Sólo llevaba un año en el Equipo y habría de jugar nueve temporadas más posteriormente. La jornada fue muy buena y logramos bastantes capturas más, pero lo más importante es que lo pasamos muy bien los tres. Regresamos a puerto con tiempo para regresar a Santa Pola y comer con las familias. Al despedirme de Faraón, le pedí su nombre y dirección y a partir de entonces, siempre que viajaba a jugar Copa de Europa y durante varios años le enviaba una postal desde cada diferente país que visitábamos.

Durante el viaje de vuelta en el coche recuerdo que don Santiago me preguntó acerca de mis estudios, mi entorno familiar, si tenía novia y algunas otras cuestiones. Me hizo la ficha completa y yo creo que salí airoso de aquella situación. No podemos olvidar que para el madridismo mis antecedentes estudiantiles me hacían aparecer algo teñido del azul de la calle Serrano, mientras que para los estudiantiles aparecía como uno de los muchos proscritos que cambiaron su color por el blanco.

Supe posteriormente que lo de enviar postales a Faraón le agradó a Don Santiago y en un viaje a Buenos Aires para jugar una Copa Intercontinental a la que él nos acompañó me lo dijo; y anteriormente, siempre que me veía, me transmitía recuerdos de Faraón y me contaba anécdotas y sucesos de sus salidas de pesca juntos. En aquel viaje, el presidente del Chacarita Juniors nos preparó a todo el equipo, encabezado por Don Santiago, un magnífico asado en el que probé por primera vez los chinchulines, pero eso es ya otra historia…


Con Alfredo en Diciembre de 2.010 hablando de La Saeta Rubia en el Estadio Bernabeu



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miércoles, 18 de octubre de 2017

MIS RECUERDOS DE CATALUÑA

...POR MANOLO RINCÓN


Dada la actualidad del tema dejo una parte del texto que dedico a Cataluña, dentro de las Memorias que voy escribiendo, por si algún compañero está interesado en el tema.
Mi primer contacto con Cataluña se realizó en abril de 1.964, cuando nos dirigíamos en autobús camino de la Costa Azul dentro del viaje de estudios del curso Preuniversitario del “Instituto Ramiro de Maeztu”. Al entrar en tierras catalanas me sorprendió ver un cartel en catalán, que rezaba “25 anys de Pau”. 


Se celebraba aquel año el 25 aniversario del final de la Guerra civil y el Régimen lo aireaba a bombo y platillo. Mi sorpresa fue el empleo del catalán en este anuncio, ya que yo suponía restringido su uso solo a los pueblos de la Cataluña profunda.
Al llegar a Barcelona, también me pareció extraño el oír hablar catalán en las calles por parte de la gente y en el hotel igual. Este primer contacto me hizo ya pensar que una cosa era lo que nos contaban y otra la realidad diaria en aquella región. Poco sabía entonces, al menos yo, de Cataluña. Mi madre me había hablado de Fransec Maciá, que había declarado la República Catalana y en la asignatura de Historia de forma breve nos habían contado la declaración de Compayns de independencia y como terminó fusilado por alta traición.



En aquella ocasión poco pude ver. Nos habíamos alojado en la calle Diputación 394 que estaba



lejos del centro. Solo pude comprar la postal de la Plaza de Cataluña, fotografiada anteriormente y se la mandé a mis padres.
Al regreso del viaje fuimos al mismo hotel y me atreví a ir en metro y ver la Plaza al natural. La recuerdo llena de autobuses y tranvías y me pareció muy grande. En aquella época no tenía mucha circulación.
Durante los años que pasé en la universidad fui un par de veces a Barcelona en tren y ya me di cuenta de que si por trabajo tenía alguna vez que residir allí tendría que aprender catalán lo primero. Me encantaron sus amplias avenidas trazadas en el plan Cerdá, sus edificios altos con patios interiores y las abigarradas Ramblas, así como el puerto.
No sabía entonces que tendría que ir repetidas veces por motivos laborales a Barcelona.
En uno de mis primeros trabajos tuve un compañero y amigo que era catalán, pese a llamarse Sánchez, me habló ya en el año 75 de las reivindicaciones catalanas en cuanto autogobierno y de la “represión” franquista.
En 1.978, yo trabajaba en la empresa SITRE y visité frecuentemente Barcelona, pues tuve dos importantes proyectos, la mecanización de la empresa fabricante de calderas Manaut y de los Talleres Tanar, donde se fabricaba la moto Bultaco. Esto me permitió trabajar codo a codo con catalanes y pronto hicimos amistad, siendo ambos proyectos un éxito. Entonces ya tenía familia en Barcelona, cuñados y sobrinos y dormía habitualmente en su casa. Me di cuenta del avance imparable del catalán como lengua de uso común en todas partes.
En 1.983 era yo subdirector de una empresa tecnológica catalana, radicada en Madrid, y que tenía buenos contactos con la Generalitat. Me ayudaban a preparar en catalán mis charlas, de contenido técnico que presentaba a funcionarios en el Palau, con ayuda del Sr. Molas nuestro representante allí. Se aceptaron los proyectos del correo electrónico y la red de datos en el Palau, donde lo más difícil era pasar los cables sin que se viesen, ya que se trataba de un edificio histórico. De nuevo me di cuenta de la importancia del idioma y de cómo ganaba terreno el elemento diferencial, en especial entre la población más joven cuyo origen no era Cataluña.



Hacia el año 85 había cambiado de trabajo y en una empresa de ingeniería realicé varios proyectos para el centro de control aéreo de Barcelona y para el aeropuerto del Prat, por lo que pude conocer de primera mano el funcionamiento aeroportuario. Veraneaba en la Costa Brava para estar más cerca de mis proyectos.
Era el del Prat un aeropuerto en aquellos momentos ya con bastante movimiento. Funcionaba el Puente Aéreo con Madrid, donde vi varias veces al Sr. Pujol. Nuestra instalación fue de megafonía y de indicadores de vuelos computerizados.



 Socialmente avanzaba el idioma catalán que ya comenzaba a arrinconar al castellano, en especial entre la gente más joven. Se acusaba ya al Estado de centralista y de excesivos impuestos, pero no existía clima de confrontación. Terra Lliure y la Crida habían desaparecido. Se intuía entonces una etapa de gran prosperidad que vino tras la olimpiada de Barcelona.
Por último en los comienzos de siglo trabajé en CIRSA, empresa netamente catalana. En un centro de investigación sito en Madrid, me encargué de dirigir un grupo de ingenieros que trabajaban en seguridad informática, juegos online y computación tolerante al fallo.



La sede social y fábrica está en Tarrasa, a donde me desplacé frecuentemente. Ya para entonces el independentismo disfrazado de nacionalismo se encontraba en franco avance, ante la retirada paulatina del Estado Español y las instituciones que le representaron en Cataluña.
Posteriormente el contacto que he mantenido con Cataluña ha sido por las visitas a mis familiares allí residentes. Y con preocupación vi como aparecía el rechazo a España y la falta de respeto a sus símbolos e instituciones, ante el silencio del Estado. La sustitución de policía nacional y guardia civil por mossos ya era patente así como una persecución encubierta de todo lo que pudiese tener un significado español.





sábado, 14 de octubre de 2017

EL QUESO

... por KURT SCHLEICHER


Prólogo.
   Noticia de 2009 (ver anexo 1): “El queso más grande del mundo no es francés, ni sueco, ni holandés… El queso más grande del mundo es español y procedente de Galicia. Es tan grande -mil kilogramos de peso- que para cortarlo se necesitó una sierra de más de dos metros.
Para la elaboración de esta enorme pieza, de dos metros de diámetro y unos cuarenta centímetros de altura, hicieron falta 8.000 litros de leche entera, 175 kilogramos de sal, y un kilogramo y medio de cuajo.
   Su elaboración se prolongó durante cuatro meses y, además de tener que construir un molde especial,  tuvieron que utilizar una grúa con una pala para darle la vuelta y poder completar su curación.”

   Esto no es cuento, pero lo que sigue sí lo es, inspirado en esta noticia y los recientes acontecimientos en los albores de este calenturiento otoño de 2017.

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La familia de Mariano y Petra era numerosa; hace unos cuantos años se les hubiese concedido uno de aquellos premios que se establecieron para las familias más prolíficas y que siempre aparecían en los medios de comunicación como ejemplos de convivencia.  Incluso se hicieron dos películas en los comienzos de los años sesenta, protagonizadas por Alberto Closas, Amparo Soler Leal y Julia Gutiérrez Caba. Entrañable, ¿verdad? Nadie dudaba de la unión entre los diferentes miembros de aquella familia, aunque problemas no faltaban, siguiendo el guión de la película. El final, sin embargo, siempre era feliz, brindando todos con cava, catalán, naturalmente, nada de champán francés. El personaje del padre era siempre el mismo actor de moda en aquella época, mientras que la madre había sido interpretada por actrices diferentes, las dos mencionadas.

   Volviendo a la familia de Mariano, Petra era su segunda mujer. Anteriormente había estado casado con otra de su misma edad llamada Alfreda, pero el azar quiso que cayera en las redes de la segunda, bastante más joven y guapa. Al principio hubo muchas disensiones, pero después poco a poco la familia fue aceptando a su segunda madre, que vista desde el exterior poseía un indudable encanto.
    Mariano era el patriarca de la familia y daba además esa imagen, pues llevaba una barba blanquecina que le hacía parecer mayor. Procedía de una familia gallega de industriales en el ámbito de la alimentación. Un buen día, hartos de que los quesos españoles más conocidos fueran manchegos, asturianos o vascos, aquella familia pensó en preparar uno gallego y hasta batir el récord Guiness en peso; no lo lograron, por no cumplir todas las condiciones, pero nadie dudó de que, efectivamente, el queso aquél era muy posiblemente el más grande del mundo, pues no se encontraron noticias que demostrasen lo contrario, ni siquiera en Holanda o Italia.
   La familia de Mariano era acomodada, viviendo en un típico gran caserío al que se llamó desde el siglo XVII  “Moncloa” y que se construyó como hogar para un bisnieto del conde duque de Olivares llamado nada menos que Gaspar Méndez de Haro-Guzmán y Aragón-Cardona-Córdoba. Este personaje consiguió que el rey de España sujetase a los catalanes sublevados por entonces, mientras que Portugal se independizaba de la monarquía española. Es curioso constatar que, siglos más tarde, en 2011, uno de los padres de la Constitución, Gregorio Peces Barba, declaró durante un acto público que “hubiera sido preferible que la corona hubiera renunciado entonces a Cataluña y no a Portugal”, provocando las iras de unos abogados catalanes, que no se tomaron a bien la broma de D. Gregorio y abandonaron indignados el local. La historia sigue a veces unos cursos sorprendentes…  (ver anexo 2).

  Volviendo a D. Mariano y su amplia parentela, estaba constituida por diecisiete hijos, casualmente la misma cantidad que las autonomías españolas. Con ellos convivían un par de tíos que se habían ido a vivir con la familia; uno era el tío Pablito por parte de la madre y otro el tío Albert por parte del padre.
   Tras haber conseguido aquél gran queso, decidieron celebrar en familia la fiesta del 12 de octubre y meterle mano. En el gran salón de la casa habían colocado una gran mesa redonda en la que cabía el queso y a su alrededor holgadamente toda la familia; aquella mesa era muy antigua y conocida por “la Tabla Redonda del rey Arturo”, si bien se habían levantado algunas protestas proponiendo cambiar el nombre de Arturo por el de Felipe, pero al final se impuso la tradición británica. Se rumoreaba que aquella mesa se había donado a cambio de Gibraltar, pero debía ser un bulo sin fundamento. En los tiempos de aquél rey, la tradición exigía que cada comensal tuviese una espada señalando hacia el centro; a falta de espadas para tantos hijos, la familia de Mariano y Petra decidió colocar los cuchillos dirigidos hacia el centro de la mesa. Para evitar discusiones a la hora de repartirse el queso y el trozo que le correspondería a cada uno, el cuchillo señalaría el punto exacto del queso que les tocaría a la hora de repartir; lo malo era que aquél método no identificaba el tamaño de cada pedazo. Se suponía que se repartiría a partes iguales, pero los hijos eran unos más creciditos que otros y surgieron protestas en muchos de ellos de que esa forma de repartir no era muy justa. A partir de ahí, cada uno demostró tener una personalidad bien diferente. El más contestatario era Carles, uno de los hijos mayores; era muy trabajador, eso sí, habiendo contribuido en gran medida con su esfuerzo al desarrollo del queso.
      Carles llevaba tiempo dejando caer que se quería independizar de la familia, pues estaba harto de dar el callo y que siguiera sin reconocerse que él tenía derecho a más trozo de queso. Aquello fue a más por la influencia de los amigotes de los que se había rodeado últimamente, que le animaban a que reclamase su gran trozo de queso para luego repartírselo por la noche para el botellón. Mariano y Petra estaban preocupados por la catadura de aquellos amigotes y las malas costumbres que estaba adoptando su querido hijo, pues tenían miedo que eso no solamente influyese de forma negativa en su carácter, sino que se transmitiese a otros de los hijos, pues ya había varios que también habían manifestado su disconformidad y habían dejado caer que si los trozos de queso que les correspondieran seguían siendo tan escasos, se buscarían también la vida por ahí.
   Es evidente que los padres no deseaban una disgregación de la familia, pues aquella gran unión entre todos había sido la raíz de su prosperidad; el que la familia se rompiese, no sólo sería fuente de eventuales problemas, sino que además el futuro de los hijos sin el apoyo de los padres resultaría asimismo muy preocupante.  Susana, la hija mayor, había engordado y era una de las que tenía mayor apetito, pero siempre se había conformado con seguir una dieta para estar más guapa; en eso había gozado del apoyo de su madrastra Petra, aunque habían tenido frecuentes roces.
    Aquél día, Carles se había levantado declarando ante todos que no estaba satisfecho con su parte del queso y que se marcharía, pero ante la severa mirada del padre se aturulló un poco y no se le entendió bien. Por si fuera poco, justo cuando estaba manifestando todo aquello, sonó su móvil, debiendo excusarse ante los demás. Era evidente que se trataba de sus amigotes, que sabían dónde estaba y le instaban a que no cejase en su insistencia en reclamar más trozo de queso, pues de otro modo no iban a tener cantidad suficiente para el botellón y los cubatas les podrían sentar mal. Esto inflamó a Carles, muy gallito entretanto volvía a la mesa, pero viniéndose abajo de nuevo al ver la cara de su padre y que su querida madre también parecía que se había puesto de su parte en contra de él; por todo ello, sus posibilidades de salir con bien de allí habían disminuido notablemente. Al final, entre balbuceos que ninguno de los asistentes acertó a entender, se volvió a sentar, pero tras comerse malhumorado el trozo que le correspondía junto con un mal trago de vino, se levantó de la mesa desapareciendo para irse con sus amigotes.
   Esa misma noche, llamó a casa para indicar que no sabía muy bien cuándo volvería de la juerga. Su padre, ya más calmado, le dijo que si no volvía a casa antes de la seis de la mañana, ya se podía ir despidiendo de la paga del mes y que tenía que decidir ya de una vez entre los amigotes y la familia.
   El tío Pablo, desde el fondo de la sala, clamaba “déjale, déjale; es un pobre desgraciado; hay que tener compasión de él”, mientras que Petra, la madre, se puso por una vez de parte del padre, aunque por lo bajo le decía al oído que si no la satisfacía como era debido esa misma noche en la cama, no le haría la comida al día siguiente y pensaría seriamente en la separación, por falta de cumplimiento con los deberes matrimoniales. Mariano se estremeció, pues sus ínfulas guerreras ya habían menguado mucho y era consciente de sus limitaciones a la hora de levantar el mástil debidamente; los saltos de tigre desde el armario hacía tiempo que no eran ya lo suyo, prefiriendo mostrarse prudente y no excederse. Eso sí, cada mañana se ponía a andar a paso vivo para mantenerse mínimamente en forma, pero eso no evitaba sus frecuentes gatillazos.
   Por otra parte, el tío Albert no dejaba de echar más leña al fuego, tirando de la levita a su hermano Mariano para que se siguiera mostrando intransigente por el bien de la familia.
   El resto de los hijos se mostraban obedientes, si bien sus caras denotaban con bastante claridad, en unos más que en otros, su forma de pensar.
  La cena del  Día de la Hispanidad terminó satisfactoriamente, aunque al final otros dos de los hijos no terminaron la cena y se fueron igualmente de farra, uno a un restaurante vasco y el otro a uno navarro, pues con el trozo  de queso que les había tocado en suerte, aducían que se habían quedado con hambre.

   Mariano, al amanecer del día siguiente y constatando que su hijo Carles todavía no había dado señales de vida, se sintió muy preocupado. ¿Volvería a casa con la familia?
   Petra, a su lado en la cama, se le quedó mirando con lágrimas en los ojos al constatar que pasaba el tiempo y que Carles seguía sin aparecer.
        —Mariano, creo que deberíamos darle otra oportunidad — le dijo Petra — ten en cuenta que se ha metido en una especie de secta, que es lo que son esos amigotes suyos, y le están comiendo el coco. Deberíamos tratar de convencerle para que se le abran los ojos y hacer lo posible para desligarle de esa mala influencia. A mí no me importaría darle algo más de queso si se portase bien…
       —No sé — respondió Mariano, vacilante — incluso no me extrañaría que intentaran separarle de nosotros para siempre, aduciendo que él es también superior a los demás, como ellos mismos se creen que son. Vamos a darle una semanita más cuando vuelva, ¿te parece? Si vemos que ha reflexionado y se arrepiente, aquí no ha pasado nada; entonces, paz y después gloria. ¿Vale?
        Petra asintió, cogiendo amorosamente la mano de Mariano con sonrisa cinematográfica; a saber lo que estaría pensando.
         * * *

        El cuento no tiene todavía final.
        Posibles opciones:
a)      Carles vuelve con el rabo entre las piernas, tras sopesar las consecuencias. En este caso, se daría lo de paz y gloria, si bien lo segundo sería muy cuestionable.
b)      Carles vuelve aturullado y confuso, pero aduciendo que sí, a lo mejor no, quizás mañana y que ya vería…  En tal caso, Mariano ya había pactado con su mujer que esperaría a que terminase la semana de plazo y después le ofrecería un poquito del queso para contentarle. A partir de ahí, pelillos a la mar.
c)      Carles no vuelve y se mantiene en silencio, enfurruñado. Al cabo de una semana, manifiesta que se lo ha pensado mejor y que se queda en la familia. En este caso, Mariano, aliviado, le da igualmente más queso, aunque decide, mirándole de reojo, que tendría que mantenerle bajo estrecha vigilancia
d)      Lo mismo que c), pero al cabo de la semana Carles vuelve a casa, requiriendo más queso para poder independizarse. En este caso, Mariano se pone muy serio y le requiere que debe elegir entre el queso y marcharse, pese a las lágrimas de Petra y del tío Pablito.
e)      Carles se arrejunta con la secta y se enfrenta a la familia. Mariano entonces le apercibe de nuevo que él sigue siendo su padre, que tiene la patria potestad y le amenaza con darle 155 latigazos. Petra y tío Pablo lloran desconsoladamente, pero Mariano, sorprendentemente, sigue firme.
f)       Carles no da señales de vida y a la semana, desde las barricadas con sus amigotes, amenaza a la familia directamente, enfrentándose a ellos. Mariano sale indignado con el látigo en la mano seguido por toda la familia, menos por el tío Pablo, que en el fondo es de su misma cuerda y decide marcharse apoyando a su sobrino Carles.
g)      Mariano, apoyado por la familia (excepto por el tío Pablito) y por las fuerzas vivas, coge prisionero a su hijo Carles, le mete en el cuarto oscuro y le atiza los 155 latigazos prometidos. Carles, hecho un Cristo, reniega de su familia y se une a la secta definitivamente. Nadie sale contento, excepto el tío Pablito, que saca petróleo de la situación y logra apoyos en la familia. Mariano y Petra, tristes, quedan en descrédito y el nuevo líder es desde entonces el tío Pablo.


  RECOMENDACIONES:
  1.- Vigila a tus hijos y si descubres o sospechas que anda en malas compañías, toma cartas en el asunto de inmediato; no lo dejes para más adelante, o todo tenderá a complicarse de forma inesperada.
  2.- Si tu hijo adolescente te dice que asiste a una congregación cristiana y te viene con extrañas propuestas revolucionarias relativas a educación y restricciones de la lengua vernácula, no te creas nada de lo que dice y trata de anticiparte, pues atufa a secta.
  3.- Desconfía de los “tíos Pablo” que defienden sin razón aparente a los vástagos transgresores.

MORALEJA:
  España es como este queso, único y grande. Lo de libre en un deseo ferviente de todos. Eso sí, está buenísimo para los que gocen de un buen paladar y sean capaces de reconocerlo.

   KS, 14 de octubre de 2017.



  ANEXOS. (De internet)
ANEXO 1.
http://www.loscameros.es/cultura-queso/el-queso-mas-grande-del-mundo/
El queso más grande del mundo no es francés, ni sueco, ni holandés… El queso más grande del mundo es español; concretamente, de la localidad coruñesa de Arzúa. Y era tan grande -mil kilogramos de peso- que para cortarlo se necesitó una sierra de más de dos metros.
Para la elaboración de esta enorme pieza, de dos metros de diámetro y unos cuarenta centímetros de altura, hicieron falta 8.000 litros de leche entera, 175 kilogramos de sal, y un kilogramo y medio de cuajo.
Su elaboración se prolongó durante cuatro meses y, además de tener que construir un molde especial,  tuvieron que utilizar una grúa con una pala para darle la vuelta y poder completar su curación.
Seguro que este super queso hizo las delicias de las 15.000 personas que tuvieron la suerte de catarlo.



Pesaba mil kilos y han necesitado una sierra de más de dos metros para cortarlo. Pero esto no supuso ningún problema para las 15.000 personas que se acercaron este fin de semana a la localidad coruñesa de Arzúa para degustar el queso más grande del mundo. El queso fue elaborado hace cuatro meses para promocionar el producto El queso fue elaborado hace cuatro meses para promocionar el producto con el que se identifica esta localidad coruñesa. La enorme pieza medía aproximadamente dos metros de diámetro y cuarenta centímetros de alto. Aunque el queso no ha sido valorado para entrar en el Libro Guinness, hubiese pasado la prueba. Se elaboró con ocho mil litros de leche entera, 175 kilos de sal, y uno y medio de cuajo. La Asociación Cultural Nosa Señora do Carme llevaba desde enero trabajando en el gigantesco queso, y necesitaron de la construcción de un molde especial. Pero lo más complicado de todo el proceso ha sido darle la vuelta para que se curase. Para ello utilizaron una grúa con una pala que les permitió darle la vuelta y que el proceso de curado se completase a la perfección.

Ver más en: 
http://www.20minutos.es/noticia/467732/0/queso/mas/grande/#xtor=AD-15&xts=467263




Anexo 2.   
27/10/2011 16:17 | Actualizado a 28/10/2011 15:59

Barcelona. (Redacción y agencias).- Uno de los padres de la Constitución y ex presidente del Congreso de los Diputados, el socialista Gregorio Peces-Barba, ha provocado la indignación de un grupo de abogados catalanes presentes en su conferencia en el X Congreso Nacional de la Abogacía que se celebra estos días en Cádiz. El motivo, unos comentarios pretendidamente jocosos sobre si a España le hubiera ido mejor si hubiera concedido la independencia a Catalunya y no a Portugal durante las revueltas que tuvieron lugar en el siglo XVII.
"Siempre me pregunto medio en broma qué hubiera pasado si nos hubiéramos quedado con los portugueses y hubiésemos dejado a los catalanes. Quizá nos hubiera ido mejor", ha comentado. Tras ello y con el mismo tono, ha indicado que "hubiera habido un gran problema" que no es otro que "no se hubiese podido jugar el Madrid-Barça".
El ex presidente del Congreso se refería a los hechos acontecidos alrededor de 1640, tiempo en el que a la corona española le coincidieron dos revueltas de carácter muy similar en Portugal y Catalunya, la llamada Guerra de la Restauración portuguesa y la Guerra dels Segadors. El mismo Peces-Barba lo ha contextualizado con estas palabras: "Cuando el Conde-Duque de Olivares se encontró al mismo tiempo con el alzamiento de los catalanes -que, por cierto, celebran las derrotas como sus fiestas llamadas nacionales- y los portugueses, se tomó una decisión: dejar a los portugueses y quedarnos con los catalanes".
Ante estos comentarios, abogados catalanes presentes en el acto han abandonado la sala en señal de protesta. Peces-Barba se ha dado cuenta y se ha limitado a pedir que se dejara "salir a los que tienen que salir" provocando los aplausos del resto del auditorio. La asociación Joves Advocats de Catalunya ya ha anunciado que presentarán una queja formal al Consejo General de la Abogacía. Las palabras de Peces-Barba también han llegado a la red social Twitter, donde proliferan los comentarios críticos.

"No hará falta volver a bombardear Barcelona"
Las reflexiones de Peces-Barba se han producido después de que el otro padre de la Constitución que ha participado en la conferencia, José Pedro Pérez Llorca, alertara de la posibilidad de que nos encontremos ante una España fragmentada por procesos independentistas, lo que significaría que ellos, como redactores de la Carta Magna de 1978, habrían fracasado porque perseguían la unidad.
Ha sido en ese momento cuando Peces Barba se ha declarado más optimista y ha señalado que ve imposible que se produzca esa situación con esos efectos tan negativos. "No soy pesimista, estaremos en mejores condiciones que en otras épocas. No se cuántas veces hubo que bombardear Barcelona.(...) Creo que esta vez se resolverá sin necesidad de bombardear Barcelona", ha espetado en otra frase polémica.
Indignación entre los abogados catalanes
El enfado del colectivo de abogados catalanes se ha reflejado posteriormente en el comunicado de los decanos de Catalunya, que entienden que la libertad de expresión o de opinión no puede ser un ataque a personas, territorios o comunidades, y que las declaraciones de Peces-Barba son un menosprecio absoluto y no vale que diga que son en tono jocoso.
Los decanos de los colegios de abogados catalanes han expresado así su "indignación" y han sostenido que la libertad de expresión "no puede amparar la ofensa y el desprecio".
El Consell de la Abogacia Catalana considera que "no se puede incurrir en la banalización de expresiones que nos ofenden directamente" y agradece las muestras de apoyo recibidas por parte de compañeros de otros colegios de abogados del Estado.
"Los catalanes no deberían ser tan susceptibles"
Posteriormente, en una entrevista a la Cadena Ser, Peces-Barba se ha disculpado aunque también ha entendido que "los catalanes no deberían ser tan susceptibles a las bromas". El padre de la Constitución ha explicado que "se trataba de una broma que no les ha parecido bien, pero que después hemos arreglado. Le he explicado al jefe de los decanos que me gustaba hablar con humor pero que, si a pesar de esta explicación se sentía molestos, les pediría excusas".
Siguiendo su broma deportiva, el ex presidente del Congreso de los Diputados ha afirmado además que "lo único que me diferencia de los catalanes es que soy del Madrid". Una rivalidad futbolística que Peces-Barba ha celebrado, ya que, "jugar contra el Oporto hubiera sido aburrido".