viernes, 11 de diciembre de 2015

CASTAÑARES EN OTOÑO

... por Kurt Schleicher

   Todos los años suelo hacer un reportaje con mis fotos de otoño. El año pasado le dediqué uno al hayedo de la Tejera Negra, en Guadalajara, al lado de la frontera con la Comunidad de Madrid. En este año pretendía visitar el de Riofrío, pero ya no se terció. Para visitar el Hayedo de Montejo, el más conocido, hay bastantes dificultades logísticas (númerus clausus), por lo que desistí. Todos solemos estar obnubilados en el otoño por los hayedos, cuando en realidad los castañares son igual de bonitos que aquéllos en esta época.

  Este año descubrí dos castañares, uno el de El Tiemblo (más conocido) y el otro el de Casillas, ya no tan conocido, ambos en Ávila, casi en la frontera con Madrid. Es difícil decir cuál es más bonito, pero es curioso que siendo ambos castañares, tienen diferencias relevantes. Ambos los visité en Noviembre, primero el de Casillas y después el de El Tiemblo, con un intervalo aproximado de 10 días, los suficientes quizás para que en el segundo me encontrase con que los castaños tenían muy pocas hojas, aunque parecía que ya llevaban tiempo así. El otoño en 2015 se ha caracterizado por haber habido en un par de ocasiones tormentas y vientos, que habrán sido los causantes de tan notoria defoliación; he hecho lo que he podido para compensarla en lo posible, pues la belleza otoñal no tiene que ser necesariamente solo función de la cantidad de hojas.

  A señalar la enorme cantidad de castañas que había en el de Casillas, mientras que en el otro casi habían desaparecido, lo que indica que o bien había habido mucha más rapiña o que los castaños habían sido menos “fructíferos”. En aquél había zonas que estimo de unas 30 a 40 castañas por metro cuadrado en algunos lugares y sin tener que saltar ninguna valla o meterse en zonas privadas, lo que no está permitido. A los lugareños no les gusta que se cojan las castañas ni siquiera del suelo cerca del camino, pues el entorno en realidad es propiedad del pueblo de Casillas y viven de ello; en cualquier caso, había tantas que si se limita uno a recoger un saquito de un kilo o así, se hace la vista gorda (hay un vigilante a la entrada), pero es que hay gente que hasta sube en coche y carga sacos y sacos, probablemente para después venderlas. Eso ya cabrea, obviamente, cuando en el pueblo hay una cooperativa en donde las venden a un precio razonable. 

  Para entrar profundamente en el castañar de Casillas, hay que vadear un arroyo, que en noviembre ya suele bajar caudaloso, por lo que hay que hacer equilibrios y saltar de piedra en piedra, con el consiguiente riesgo de mojadura. Con un todo-terreno se puede cruzar bien, de todas formas. En la parte más alta, en un lugar conocido como La Ermita, suelen parar los coches, pues es un sitio idóneo para un picnic (teniendo cuidado de no sentarse en una zona húmeda). Allí hay un pequeño lago, que permite fotografiar el entorno con los reflejos característicos; si se coge todo él en una panorámica, resulta una especie de “forgendro”, dado que tiene los bordes blancos. El lugar es desde luego muy bucólico; casarse en esa Ermita y con buen tiempo podría ser una “pasada”. En el castañar, cerca del arroyo, se pueden ver algunos ejemplares de castaños centenarios, con un tronco ya considerable (estimo que hasta de 10 m. de perímetro).

   Un aspecto interesante es el cómodo acceso, ya que el castañar de Casillas está muy cerca del pueblo y se puede acceder a él y visitarlo a pie, sin necesidad de ir en coche, pues los autobuses que salen del intercambiador de Príncipe Pío le llevan a uno allí directamente en poco más de hora y media. Para los mayores de 65 significa que se puede ir pagando solamente un importe de 1,50 € por persona con la tarjeta de transporte de la Comunidad de Madrid, pues hay que contar que ya está fuera de ella por muy poco. El pueblo está curiosamente localizado en la ladera de la montaña, con una única calle más o menos “horizontal”; el resto están todas en pendiente, y no poca.

Casillas


                                                                        La Ermita



                                                                Castaño centenario

                             Panorámica desde Casillas  (véase la "boina" sobre Madrid a lo lejos)



  No ocurre lo mismo con el castañar de El Tiemblo, pues, aunque haya autobús a este pueblo desde Madrid, el castañar está bastante lejos (creo que a unos 8 km.), pero como el camino en gran parte es de tierra y con baches, se hace muy largo aún yendo en coche particular. Los fines de semana parece ser que hay un autobús que sube a los turistas, pero no tengo muy claro a qué horas. Hay un aparcamiento en la entrada del castañar, pero viendo los coches que había en un día laborable, estimo que los fines de semana o puentes habrá que llegar pronto (o coger el autobús del ayuntamiento, que para eso lo han puesto) y hay que pagar entrada, aparte del autobús.

   Después, el camino a pie hace un círculo alrededor del castañar, aunque hay varios otros caminos que van a sitios más recónditos para el que quiera ver más. Hacia la mitad del recorrido, se pasa al lado de un arroyo; éste ya no hay que vadearlo, pues hay un puente de madera que permite acceder al otro lado. El sitio es ideal para el refrigerio y después una buena siesta. En la primera parte del camino se pasa por un refugio, visitable, cerca del cual se puede contemplar la “joya de la corona”, que es un castaño ya no centenario, sino milenario. Impresiona pensar que se trata de un ser vivo que ha estado allí en plena Edad Media… ¡lo que podría contar si pudiera hablar! Se le llama “El Abuelo”. 
   Al volver, nos encontramos con lo que parecía un toro con su buena cornamenta, plantado desafiante en medio del camino; no era tal, sino una vaca, pero con sus dos ternerillos, quizás recién nacidos, detrás de ella. Como las madres cornudas con retoños pudieran ser peligrosas, decidimos que un pequeño rodeo “por si acaso”, no estaba de más. El “chufla, chufla, como no te quites tú…” no nos parecía muy recomendable.








                                                                  Castaños centenarios

                                                          "El Abuelo", castaño milenario

vaquilla desafiante

  Con esto termina la descripción de los castañares.

   He añadido algunas fotos más de lugares de Madrid que suelo visitar todos los años en otoño: el Retiro, el parque del Moro, el parque del Soto, el Jardín Botánico y el Forestal de Villaviciosa de Odón. Todos estos lugares suelen ser una auténtica maravilla en otoño. Las parejas de novios también lo deben apreciar así, pues no es difícil encontrarse con alguna perdida en cualquier banco o recoveco; pasando a su lado, siempre le asaltan a uno viejos recuerdos de sentimientos, si no del todo olvidados, al menos un poco oxidados… pero estimulantes en cualquier caso.

  KS, Noviembre 2015.


                                                       Móstoles, parque de El Soto






Jardín Botánico

Carlos III





                                                  Palacio Real, jardines del Campo del Moro
                                              







Parque de El Retiro












Villaviciosa de Odón, parques de El Castillo y El Forestal








Leda y el cisne

martes, 24 de noviembre de 2015

DESTRUIR LA BELLEZA (MALDAD O LOCURA)

... por Miguel Angel Bufalá

Hay momentos de la vida, en los que nuestras apetencias, gustos, aficiones e incluso convicciones, pierden la importancia que atrás tuvieron, al madurar y percibir como incluso la utopía es utilizada en beneficio propio.

-En esta transformación melancólica, producida simultáneamente con lo antedicho, por la madurez, el valor de la “belleza”, crece y nos reconcilia con nuestra especie.

-Umberto Eco, dice que “es bello aquello que, si fuera nuestro, nos haría felices, pero que sigue siéndolo aunque pertenezca a otro”.

-La belleza la podemos percibir en multitud de situaciones, incluso en los comportamientos y un magnífico ejemplo, permanente y con amplia difusión mediática reciente, ha sido el trato dado a enfermos de Ébola por cuidadores voluntarios.

-El arte en cualquiera de sus manifestaciones, pretende como primer objetivo en general, trasmitir belleza, y si se consigue excelencia en su creación y sensibilidad suficiente en el observador, la obra, musical, pictórica, literaria, etc. puede conseguir emocionarnos.

-Ya hace cerca de dos siglos Stendhal al visitar Florencia y “embriagarse” de la belleza de las obras de arte que descubre, sufre de una sensación que el mismo describe como :

"Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”.

-Más tarde se etiquetaron estos y otros síntomas como el Síndrome de Stendhal o de Florencia al recogerse múltiples casos similares.

-Hoy en día me parece difícil llegar a un “climax”, de este nivel, pues hemos recibido a través de la educación, los viajes, las imágenes de libros, cine y televisión, tanta información especialmente visual, que nuestro umbral de admiración se encuentra más alto. Pero para la gran mayoría, es indudable que la belleza, en cualquiera de sus representaciones, nos trasmite una sensación más que placentera.

-Con los sucesos actuales, referentes a la guerra en Siria, en los últimos meses se nos ha notificado paulatinamente, la destrucción continua y no accidental, de uno de los complejos arquitectónicos más hermosos y mejor conservados que podíamos admirar, como es Palmira, (ciudad de los arboles con dátiles), situada en pleno desierto y capital de un efímero reino, regido por la bella y culta, reina Zenobia, hasta ser derrotada y sometida nuevamente por el imperio romano gobernado, por el emperador Aureliano.

-Las últimas imágenes, nos muestran como el famoso arco del triunfo, se encuentra demolido, como lo fueron antes el templo de Bel y varias torres funerarias. Los recientes rumores indican, como se ajusticia a algunos rehenes, haciéndoles explotar, amarrados a las antiguas columnas.

-Si pensamos que todas y cualquiera de las guerras deberían terminar, esta por el doble motivo que representan, de forma fundamental la pérdida de vidas humanas y muy secundariamente, pero no sin valor, por la irreparable destrucción de belleza que está produciendo esta barbarie.

-Estos sentimientos hacen que nuestro criterio, sublimando al ser humano, baje en la cotización del mismo, no teniendo la certeza, de si estos sucesos son motivados, por la dosis de maldad que forma parte del hombre o porque los actores de esta sin razón, son víctimas de un trastorno que raya en la locura.

En cualquier caso, sucesos como estos, nos producen, a poca sensibilidad que se tenga, unos efectos tan amargos y desagradables, que podrían considerarse, las antípodas del antes mencionado, síndrome de Stendhal.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

EL PAPA Y EL MEDIO AMBIENTE

... por JOSE ENRIQUE GARCIA PASCUA


Contemplo en la segunda cadena de TVE un documental sobre la mata atlántica, es decir, la pluviselva que se extiende por varias cuencas, incluida la del Iguazú, río cuyas impresionantes cataratas tienen renombre mundial, en la confluencia fronteriza de Paraguay, Argentina y Brasil.
Admira la biodiversidad de aquellas florestas, en donde habitan más especies de aves que en toda Europa, y escucho con desolación el comentario del narrador, quien, mostrando imágenes recientes de la transformación del territorio, dice que, como consecuencia de la masiva inmigración europea a partir del descubrimiento del continente americano, se ha perdido el noventa y tres por ciento de la extensión primitiva de la mata, en buena medida por la transformación de las tierras vírgenes en pastos para la ganadería extensiva.
Al encontrarme de nuevo con el creciente deterioro del medio ambiente que les ha correspondido sufrir a las presentes generaciones, me siento movido a releer Laudato si’, la última encíclica del Papa Francisco –publicada el 24 de mayo de 2015­–, que precisamente se ocupa de este tema. Al fin y al cabo, en el “Ramiro de Maeztu” se nos inculcó el respeto a la autoridad eclesiástica y, por eso, no me parecen desdeñables las enseñanzas del magisterio apostólico.

Expone el Papa en Laudato si’ el daño que los hombres vienen causando a la “hermana tierra” por el uso irresponsable que hacemos de los bienes puestos por Dios en ella [§ 2] y se queja de que los esfuerzos por lograr soluciones topan con el desinterés de muchos, que «dirán que no tienen conciencia de realizar acciones inmorales, porque la distracción constante nos quita la valentía de advertir la realidad de un mundo limitado y finito» [§ 56]. Sin embargo, «el problema fundamental es otro más profundo todavía: el modo como la humanidad de hecho ha asumido la tecnología y su desarrollo junto con un paradigma homogéneo y unidimensional. […] De aquí se pasa fácilmente a la idea de un crecimiento infinito o ilimitado, que ha entusiasmado tanto a economistas, financistas y tecnólogos. Supone la mentira de la disponibilidad infinita de los bienes del planeta, que lleva a “estrujarlo” hasta el límite y más allá del límite» [§ 106].
El cuidado de la casa de todos, la ecología humana, es inseparable de la exigencia moral de la búsqueda del bien común [§ 156], que supone, desde luego, la solidaridad y «la opción preferencial por los más pobres» [§ 158], así como la obligación de dejar a las generaciones futuras un planeta habitable: «Las predicciones catastróficas ya no pueden ser miradas con desprecio e ironía. A las próximas generaciones podríamos dejarles demasiados escombros, desiertos y suciedad» [§ 161].
En la encíclica, el Papa revisa los escombros y la suciedad que ya estamos creando y vertiendo en nuestro entorno, sin preocuparnos demasiado por poner remedio, la contaminación por residuos industriales y químicos [§ 21],  desaparición de especies vegetales y animales [§ 33], pérdida de la biodiversidad en las selvas tropicales [§ 38], despilfarro de la pesca selectiva a gran escala [§ 40], crecimiento desmedido de las grandes ciudades, que se han hecho insalubres para vivir [§ 44], incluso la omnipresencia de los medios del mundo digital, que impide el desarrollo de la verdadera sabiduría, producto de la reflexión, que no se consigue con una mera acumulación de datos [§ 47].
El Papa no considera que la explosión demográfica constituya un problema medioambiental, porque –dice– se desecha aproximadamente un tercio de los alimentos que se producen [§ 50], claro que olvida que «no sólo de pan vive el hombre» (Mt. 4, 4) y que una población creciente, además de alimentos,  consume también esos recursos materiales cuya inminente escasez es ocultada por aquel paradigma homogéneo y unidimensional con el que nos autoengañamos en un ejercicio alienante el conjunto de los hombres, y principalmente los hedonistas que habitamos en los países desarrollados, en donde ­–por el momento– cada uno de nosotros dispone de cien esclavos energéticos que diariamente trabajan para él.  En relación con esto, advierte el Papa de que la perspectiva de futuro contempla la posibilidad de nuevas guerras «disfrazadas detrás de nobles reivindicaciones» [§ 57] cuyo desencadenante no sea otro que el agotamiento de los recursos.

El Papa Francisco dedica varios epígrafes a hablar del cambio climático antropogénico, resultado del aumento de la concentración en la atmósfera de los gases de efecto invernadero, acaso porque se trata del más acuciante problema con que se enfrenta la vida sobre la Tierra, y, a pesar de ello, la reacción de la humanidad es lenta. La Cumbre de la Tierra, celebrada en 1992 en Río de Janeiro, «propuso el objetivo de estabilizar las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera para revertir el calentamiento global» [§ 167], sin embargo, los acuerdos de aquella Cumbre apenas se han puesto en práctica, por falta de los necesarios mecanismos de control. «Las negociaciones internacionales no pueden avanzar significativamente por las posiciones de los países que privilegian sus intereses nacionales sobre el bien común global» [§ 169]. El inmediatismo político provoca la necesidad de crecimiento a corto plazo, lo que impide que la agenda medioambiental sea ampliamente considerada por los gobiernos [§ 178].

Mientras tanto, el clima continúa cambiando y acercándose a la concentración atmosférica de dióxido de carbono (CO2) que, según los estudiosos del tema, produciría una mutación irreversible en el clima de la Tierra, por el ascenso de más de 2 grados centígrados de la temperatura media con respecto a la de la época preindustrial, lo que tendría efectos catastróficos. El umbral del no retorno se estima en una concentración de moléculas de CO2 que oscila entre 500 y 560 partes por millón (ppm). A lo largo del siglo XX la temperatura media de la Tierra ya se ha incrementado en 0,74 0C, como efecto de la acción humana, que libera constantemente en la atmósfera CO2 de origen fósil. El objetivo propuesto por el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC) es estabilizar la antedicha concentración en las 450 ppm, aunque hay autores pesimistas que consideran que el límite de lo tolerable se encuentra en las 405 ppm, valor que podría ser alcanzado en 2036. En la época preindustrial la concentración era de 280 ppm, y ya en 2005 se llegó las 379 ppm. En 2013  se registraron puntualmente las 400 ppm por primera vez desde que hay datos.
Este verano hemos padecido en España una ola de calor sin precedente y en lo que llevamos de otoño se suceden las lluvias torrenciales en Canarias, Andalucía, islas Baleares, Costa Azul francesa, etc. Seguramente, las fuertes precipitaciones que nos llegan desde el centro del Atlántico son consecuencia del detectado comportamiento anómalo de la corriente en chorro, (vientos que circunvalan el planeta de oeste a este), comportamiento al que se le achacan grandes desastres atmosféricos recientes, como, por ejemplo, la sequía que vienen padeciendo los habitantes de California (En Estados Unidos) desde hace seis años. La corriente en chorro es afectada  por los cambios en otras dos corrientes,  ahora marinas, El Niño y La Niña, que recorren el océano Pacífico transportando respectivamente aguas calientes y frías y que periódicamente ocasionan inundaciones o sequías en los países bañados por este océano. Parece que el inusual calentamiento que se ha detectado en la corriente de El Niño (y que, a su vez, altera el comportamiento de la corriente en chorro) viene causado por la pérdida de extensión de la banquisa ártica, como consecuencia del calentamiento global de origen antropogénico.

Resulta alarmante que, a pesar de la inminencia del  peligro, los hombres continúen viviendo como si nada fuese a ocurrir, especialmente los residentes en los países más industrializados y, por ello, más contaminantes. Ya he citado las palabras del Papa que denuncian la pasividad de aquellos a los que sólo les preocupa el crecimiento a corto plazo. Digamos que ésos somos todos los beneficiados por la acumulación de las riquezas y placeres, que la veríamos disminuir como resultado de una política de contención de las actividades generadoras de gases de efecto invernadero. Por esto, existe entre nosotros una minoría que, o bien por intereses económicos o bien por miedo a enfrentar la cruda realidad, da pábulo a los negacionistas del cambio climático, que con argumentos endebles quieren eximir a la acción humana de responsabilidad en el cambio climático, atribuyéndolo a la propia dinámica del clima. Sin embargo, deberíamos desear que la verdadera causa fuera antropogénica, porque, en este caso, algo podremos hacer al respecto, mientras que, si lo que está ocurriendo es un fenómeno meramente natural, no cabe esperar más que un inevitable cataclismo. A esos negacionistas es a quien se dirige el Papa Francisco cuando les recuerda lo que se recoge en la Declaración de Río de 1992, que, ante un peligro grave o irreversible, la simple precaución nos tiene que llevar a no utilizar como razón para postergar la adopción de medidas la falta de certeza científica absoluta [§ 186], a lo que yo añado que, en cualquier caso, el ser humano no dispone de mejor instrumento para prevenir el futuro que la ciencia misma, aun contando con sus márgenes de incertidumbre. 

Para terminar, vuelvo a la lectura de Laudato si’ y encuentro las soluciones que propone para el problema del deterioro medioambiental. El Papa considera indispensable que las políticas relacionadas con el cambio climático y la protección del ambiente no se vean sometidas a modificación cada vez que cambia un gobierno y que, para evitarlo, es necesaria la presión de la población y las instituciones [§ 181]. Igualmente, debemos abandonar la creencia en el poder mágico del mercado para resolver los problemas ecológicos, pues los que buscan el rédito no piensan en los ritmos de la naturaleza [§ 190]; quizás sea necesario un cambio del modelo económico, «por ejemplo, un camino de desarrollo productivo más creativo y mejor orientado podría corregir el hecho de que haya una inversión tecnológica excesiva para el consumo y poca para resolver problemas pendientes de la humanidad; podría generar formas inteligentes y rentables de reutilización, refuncionalización y reciclado; podría mejorar la eficiencia energética de las ciudades» [§ 192]; quizás haya que asumir el decrecimiento: «de todos modos, si en algunos casos el desarrollo sostenible implicará nuevas formas de crecer, en otros casos, frente al crecimiento voraz e irresponsable que se produjo durante muchas décadas, hay que pensar también en detener un poco la marcha, en poner algunos límites racionales e incluso en volver atrás antes de que sea tarde» [§ 193].
Tampoco debería soslayarse el papel de la educación. La “educación ecológica” no debe limitarse a informar, sino que tiene que crear hábitos que nos lleven a un compromiso de defensa del medio ambiente [§ 211].
La opinión del Papa, de que la esperanza reside en una transformación socioeconómica que lleve a un desarrollo sostenible, es compartida por los redactores de los sucesivos informes del IPCC, el último de los cuales es de 2014, que afirman que disponemos de suficiente tecnología para hacer compatible la mitigación del cambio climático con el crecimiento económico; sin embargo, yo más bien encuentro que las inercias de la sociedad son demasiado pesadas para que un ejercicio de voluntad, ni siquiera colectiva, consiga dicha transformación. La historia nos enseña que antes de la revolución se tiene que dar el cambio económico, ya que las ideas son más fáciles de transformar que el modo de producción, y el modo de producción imperante busca el desarrollo, el cual, pese a lo que desean el Papa y el IPCC, nunca puede ser sostenible, porque necesita del consumo creciente de los recursos en disminución y, además, la tecnología no sólo es incapaz de frenar tal consumo, sino que lo favorece, inventando nuevas formas de gastar los medios disponibles, que es lo que de verdad necesita el actual sistema para mantenerse.
De hecho, no disponemos en el momento presente de ningún mecanismo tecnológico que nos permita la sustitución definitiva de los combustibles fósiles (principales causantes del cambio climático) por otras fuentes de energía renovables, ninguna de las cuales, empero, puede competir en eficiencia con aquéllos; eso sin considerar que también las fuentes de energía renovables se ven afectadas por sus propias limitaciones. En primer lugar, que, para establecer una tecnología alternativa a la que hoy nos facilitan el petróleo, el carbón y el gas natural, debemos continuar consumiendo principalmente combustibles fósiles, de los que ya ha comenzado el declive de sus reservas explotables y los que, además, al ser utilizados, seguirán contribuyendo al cambio climático. En segundo lugar, que la deseada tecnología “renovable” precisa del uso creciente de recursos naturales no renovables (aparte de los combustibles fósiles) que también están disminuyendo, como por ejemplo, el cobre, cuyo precio ha aumentado un 190% de 2000 a 2008. En tercer lugar, que incluso la explotación de la energía de origen solar choca con sus barreras: no deberíamos transformar en energía útil más allá del uno por ciento de la potencia que recibimos del Sol, so pena de alterar los procesos vitales del planeta, y, al ritmo de crecimiento del consumo energético actual, esta barrera surgiría dentro de sólo doscientos años.   

El cambio económico sin duda arribará, pues estamos llegando a los límites del crecimiento y no podemos seguir “estrujando” el planeta; entonces, el problema del cambio climático se resolverá por sí mismo (si no es demasiado tarde) y la humanidad se verá obligada, quiera o no, a resolver el otro problema, el de cómo salvarse del colapso social y económico.

Torrecaballeros, 30 de octubre de 2015.


jueves, 29 de octubre de 2015

PUBLICACIÓN DE MIGUEL ANGEL BUFALÁ




Nuestro compañero Miguel Angel Bufalá ha iniciado una serie de publicaciones en el imparcial a la cual podreis acceder desde el siguiente enlace:

http://www.elimparcial.es/Miguel-Angel-Bufala/autor/396/

La última publicada es:
http://www.elimparcial.es/noticia.asp?ref=157416
que aqui os copiamos

Hace dos semanas aproximadamente, recorriendo por caminos forestales los bosques del Valle de Arán, he descubierto, acompañado de unos muy buenos amigos y mi mujer, una impresionante paleta de colores, pintada por el otoño. Un efecto cromático sorprendente con solo mirar las faldas y cúspides de las múltiples montañas pirenaicas que nos seguían durante la excursión.
La flora de estos parajes en su mayoría formada por pinos silvestres y negros en las cumbres, junto a abetos y hayas, produce en esta estación, una múltiple variedad de verdes, intercalados con los tonos rojizos de otras variedades.
Desde hace siglos se han adjudicado colores asociados a las diversas ideologías políticas, económicas, sociales, corporativas, etc.
Todo este preámbulo un tanto bucólico viene a cuento, intentando equiparar la actual situación de la política española con la arboleda en el otoño.
En nuestro paisaje político más o menos reciente, hemos pasado del monocromático azul “oscuro” de la dictadura a un color azul suave, junto a dos tonalidades de rojo, uno intenso y con menos espacio y otro algo más tenue pero más amplio.
Hoy el abanico ideológico y ante próximas elecciones generales, parece claramente ampliarse, con propuestas que marcan cambios en el número, apareciendo nuevos grupos y cambios en la intensidad de sus colores.
Como ciudadano de a pie, sin la más mínima vinculación ni interés con asociación o partido político alguno y como mero observador que intenta formarse criterio propio a pesar del continuo bombardeo multipartidista, no deja de llamarme la atención, cómo el lienzo que se puede dibujar terminará pareciendo un cuadro que como figuras principal y secundaria tendrán obligatoria mezcla de colores, añadiendo a los ya clásicos, ahora algo descoloridos, nuevos trazos más pequeños pero de apariencia más brillante y que hasta hace poco parecían imposible de combinar.
En cualquier caso lo que más me preocupa son los colores que pretenden salirse del lienzo e incluso del propio marco, a pesar de tener a su disposición un importante y a mi entender suficiente espacio.
Finalmente, si cada uno de nosotros, próximamente con nuestro voto damos una pincelada, hagámoslo intentando mejorar lo anterior, evitar el negro de la corrupción y pensando en la obra completa tanto al menos como en nuestro beneficio.